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Analistas 06/07/2018

El ascensor roto

Jorge Iván González
Profesor de U. Nacional
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En Colombia una familia pobre necesita casi 300 años para alcanzar un ingreso similar al promedio. A esta conclusión alarmante llega el último informe de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (Ocde).

El estudio, “A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility. Overview and Main Findings”, compara la movilidad social en los países de la Ocde, incluyendo a Colombia. Una de las maneras de medir la movilidad social es por el tiempo que requiere una familia pobre para alcanzar el ingreso promedio de su respectivo país.

Mientras que en Dinamarca se requieren dos generaciones, en el promedio de la Ocde 4,5, y en Colombia, que es el país con la menor movilidad social, se necesitan 11 generaciones. En nuestro país el ascensor de la movilidad social tiene daños estructurales, que dejan sin esperanza y sin futuro a quienes viven hoy en la pobreza. La trampa es profunda, y en las comparaciones internacionales que hace la Ocde, la peor situación es la nuestra.

El Informe pone en evidencia las causas profundas de la ausencia de movilidad y advierte sobre las consecuencias que de allí se derivan. El diagnóstico evita las relaciones causales simples, y pone en evidencia las limitaciones estructurales que frenan el ascenso social.

La desigualdad en términos de ingreso y de riqueza, y la falta de oportunidades, sobre todo educativas, van configurando una sociedad en la que las familias pobres no tienen posibilidades. Cuando el horizonte del ascenso social se aleja tanto, y es necesario esperar tres siglos, la conflictividad social se agudiza. La ruptura del ascensor tiene, según la Ocde, tres tipos de consecuencias.

En primer lugar, la falta de movilidad “golpea las bases del crecimiento económico”. Numerosas oportunidades de inversión “nunca verán la luz”. Entre otras razones, porque jóvenes que potencialmente podrían ser brillantes, nunca tendrán la posibilidad de desarrollar sus capacidades. Estos obstáculos llevan a una reducción de la productividad y de la competitividad. A partir del informe de la Ocde, se debería considerar la falta de oportunidades como una de las causas de la menor productividad.

La segunda consecuencia negativa tiene que ver con el bienestar individual. Los pobres no pueden ser felices porque no logran cumplir el plan de vida que consideran valioso. La falta de movilidad social, continúa la Ocde, “reduce la satisfacción vital y eroda la cohesión social”.

Y la tercera implicación es el malestar colectivo. Las tensiones aumentan y el ambiente social es más hostil. Como lo narra Alonso Salazar, los jóvenes pobres sienten que no han nacido para ser semilla. Como nadie puede esperar 300 años, es comprensible que la persona no vea ninguna salida y opte por la violencia.

El texto de la Ocde es dramático. Y en medio de este panorama triste, la situación de Colombia es especialmente crítica. Preocupa la miopía que suele acompañar los análisis económicos, y el optimismo simplista de nuestros gobernantes, que al anunciar las proyecciones del PIB olvidan la fractura estructural de la sociedad.

Duele reconocer que el país sea profundamente excluyente, y que los pobres no tengan esperanza. Es injusto que la única forma de superar la trampa de la pobreza sea gracias a la conjunción misteriosa de talento y suerte, de seres excepcionales como Yerry Mina, Juan Guillermo Cuadrado o Carlos Sánchez.

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