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Diocleciano y Maduro

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En el año 301 el emperador romano Diocleciano promulgó un edicto fijando el precio máximo de 1.300 productos. Con esta medida se buscaba contrarrestar la devaluación de la moneda. Maduro, en su desespero, también ha pretendido controlar los precios con el fin de reducir la inflación y luchar contra la acaparación.

El error de Diocleciano y de Maduro consiste en impedir que el mercado defina los precios en las áreas en que lo puede hacer de manera adecuada. Es equivocado romper la dinámica de los precios de bienes como el pan, el papel higiénico, los vasos, los carros, etc. Hay espacios en los que los precios funcionan bien y, por tanto, no se deben intervenir. Allí se debe permitir que la oferta y la demanda regulen el nivel de precios. No es procedente negar las bondades del mercado tratando de imponer precios de manera exógena.

En el mundo económico, además de estos espacios donde los precios funcionan bien, existen otras esferas en las que los precios operan muy mal. Los ejemplos clásicos son la educación, la salud, la justicia, etc. En estos casos el acercamiento entre la oferta y la demanda requiere mecanismos institucionales diferentes al mercado y a los precios.

Es necesario distinguir, entonces, entre los espacios de mercado y no mercado. Esta separación era clara desde la época de Adam Smith. El autor reconoce que en la transacción entre el panadero y su vecino, el precio logra un equilibrio en el que ambas partes están satisfechas. Por la mañana, el comprador y el vendedor maximizan su bienestar. Pero Smith también llama la atención sobre la imposibilidad de llegar a un acuerdo entre las partes cuando se está en esferas como la educación, la salud o la justicia. Por la tarde, diría Smith, el panadero y el vecino se encuentran en una reunión de padres de familia. El vecino considera que el profesor se debe ir del colegio porque no le enseña bien a los niños. Mientras tanto el panadero piensa que el profesor se debe quedar porque los trata muy bien. Frente a estas opiniones no hay posibilidades de encontrar una solución que satisfaga a las partes. Puesto que no hay precios, el conflicto se resuelve recurriendo al sentimiento moral. En los mundos donde no funcionan los precios, como el de la educación, la selección de médicos, el transplante de riñones, es indispensable crear mecanismos institucionales diferentes al mercado. Roth recibió el premio Nobel de economía por diseñar formas institucionales que permitan una mejor correspondencia. La ausencia de las señales de precios obliga a pensar en diseños institucionales novedosos.

Los intentos de Diocleciano y de Maduro por controlar los precios fueron un fracaso porque destruyeron la esencia del mercado. Y en el caso de Maduro, la eliminación de los procesos de mercado ha ido a la par con la estatización de empresas. Mientras Maduro niega tercamente las virtudes del mercado, los países comunistas van en la dirección contraria, y tratan de crear condiciones propicias para que en determinadas áreas los mercados puedan funcionar de manera adecuada.

La forma como se intervinieron las dinámicas del mercado ha sido un craso error. Desgraciadamente no ha sido el único de las administraciones Chávez-Maduro, que en lugar de sembrar la bonanza petrolera la despilfarraron. El pecado original de la revolución bolivariana ha sido confundir los espacios de mercado con los de no mercado. Desde los tiempos de Diocleciano se mostró que la destrucción del sistema de precios es un suicidio económico.
 

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