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Deudas impagables

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Jorge Iván González - jorgeivangonzalez29@gmail.com

Los saldos de la deuda pública, como porcentaje del PIB, continúan creciendo, tanto en los países desarrollados, como en los emergentes, y en los más pobres. Y en las circunstancias actuales, el monto de la deuda se incrementará de manera significativa para poder financiar el aumento de los déficit ocasionado por las acciones urgentes que demanda la pandemia.

Estas deudas son impagables. Un país juicioso, como Alemania, tiene un saldo de deuda pública alrededor del 70% del PIB. Y ahora, de acuerdo con los datos de Oxford Economics, aspira a gastar en las atenciones sanitarias, y en subsidios, un equivalente a 28% del PIB. En medio de la crisis, este tipo de operaciones de los gobiernos se van a manifestar en un incremento del saldo de la deuda pública. En el conjunto de países de la Ocde, el saldo de la deuda pública es superior al 100% del PIB. En Estados Unidos se acerca al 90%. La situación que es dramática en los países desarrollados, es todavía más difícil en los menos desarrollados. En Colombia el saldo de la deuda pública oscila alrededor del 60% del PIB, y continuará subiendo.

Frente a este panorama habría dos opciones. Continuar manejando las deudas con los mismos criterios actuales, o modificar de manera radical el funcionamiento del sistema financiero internacional.

En el primer caso, se supone que en el futuro los países harán esfuerzos para ir reduciendo sus enormes brechas, y que la deuda pública irá disminuyendo poco a poco. Se sueña con modelos de ajuste. Y en los presupuestos anuales, y en las diferentes modalidades de marco fiscal, se pintan gráficas que muestran convergencia, cierre de los déficit y disminución paulatina de la deuda pública. Estos imaginarios que tranquilizan los espíritus, justifican los llamados a las buena voluntad de los ciudadanos, y al comportamiento decoroso de los gobiernos. Este es un mundo platónico. Como las figuras hermosas, con final feliz, que nos presentan los técnicos de la regla fiscal. Al final de la historia siempre habrá una bienaventuranza, sin deuda pública y sin déficit.

Pretender reducir de manera significativa la deuda pública es un ideal imposible. No hay forma de hacerlo. Ni siquiera lo logrará Alemania. Mucho menos los países emergentes, y los que están en peores condiciones de desarrollo.

Es necesario, entonces, pensar en la segunda alternativa, que lleva a un replanteamiento radical del funcionamiento del sistema financiero internacional. Y ello pasa, primero, por la aceptación de un default generalizado y, segundo, por la creación de instituciones financieras que, efectivamente, contribuyan al mejoramiento de las condiciones de vida de los países. Es necesario repensar las posibilidad de una moneda internacional, como el bancor que propuso Keynes en Bretton Woods. Para comenzar, al decir de Stiglitz, se deben tomar dos acciones inmediatas. La primera, cancelar la deuda de los países más pobres. Y la segunda, potenciar los Derechos Especiales de Giro (DEG).

La discusión de los años 80 sobre el no pago de la deuda era muy diferente. En las condiciones actuales, el problema no se puede plantear como el incumplimiento de países indisciplinados. No es un asunto de países individuales, más o menos rebeldes. La realidad es mucho más complejo porque, sencillamente, la arquitectura financiera internacional vigente hace que las deudas sean impagables.

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