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ANALISTAS 27/03/2026

Viejos Verdes

El término “viejo verde” dejó de ser la categorización de aquel hombre que contaba un chiste de pasillo o un piropo pasado de tono para convertirse en un ejercicio cotidiano de poder, disfrazado de galantería. Ya no se trata solo de un comentario molesto al pasar: detrás de esas miradas, roces, piropos y comentarios hay un patrón de acoso sexual que se repite en todas partes: La calle, el trabajo, la oficina, el colegio, la universidad, el bar, el estadio y por supuesto de manera drámatica en el transporte público. Lo grave es que como sociedad estaba, hasta esta semana, normalizado como parte del paisaje urbano, como si el cuerpo de una mujer fuera un territorio público donde cualquiera puede opinar, puntualizar o incluso tocar. Muy pronto desaparecerán, por ejemplo, los reinados de belleza, una competición de crítica y comentarios alrededor del cuerpo de la mujer como si fuera un objeto cualquiera. En mi opinión que los acaben todos de una vez.

El “viejo verde” ya no es un personaje cómico, sino un depredador social que se alimenta de la impunidad. Comienza con una mirada insinuante, o una palabra que pareciera inofensiva pero en todo caso se siente como una invasión. Hay muchas tipologías de acoso: un roce al pasar, un comentario sobre la ropa o una pregunta indiscreta sobre la vida íntima. Hay mujeres que reaccionan con vergüenza o silencio y a veces el “viejo verde” interpreta que puede seguir.

Lo que caracteriza a este tipo de acoso es la repetición y la desigualdad de poder. No es un comentario aislado, sino un patrón constante de adjetivos, gestos, aproximaciones físicas y sugerencias que no se detienen aunque se diga “no” con palabras, con el cuerpo o con el silencio. El acoso sexual de este tipo no siempre se expresa en golpes o violencia abierta, sino en microviolencias que se acumulan: miradas prolongada en una parte del cuerpo o comentarios sobre la figura. Lo más peligroso es que el “viejo verde” suele creerse víctima. Más de uno es simplemente un fracasado que esconde sus inseguridades y debilidades acosando. Tal vez se sienten más seguros o poderosos cuando ven que lo pueden hacer y nadie los para. Eso les funcionaba hasta ahora.

El cambio empieza por reconocer que el acoso sexual no es solo “cosa de hombres” o “cultura machista”, sino una forma de violencia sistémica que se sostiene por la normalización y el silencio. Cada vez que se ríe sobre un comentario sexual no deseado, cada vez que se minimiza un roce, cada vez que se culpa a la víctima por su ropa o actitud, se alimenta el ecosistema que permite que el “viejo verde” siga creyéndose con derecho a opinar sobre cuerpos ajenos.

Con el episodio de los colegas que salieron del canal de televisión, y las palabras de la bancada feminista en el Congreso esta semana el acoso sexual se busca frenar este patrón de comentarios, miradas, toques y presión emocional. Lo importante es que la sociedad comience a endurecer la sanción social contra los victimarios. En este camino van a caer varios, no solo de los medios de comunicación. Es un tema transversal a todas las industrias. No se trata de volverse hipersensibles, sino de volverse respetuosos. El cuerpo de una persona no es un parque público, y menos cuando el “paseo” es una forma encubierta de acoso.

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