Analistas

No perdamos el respeto

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Jorge Hernán Peláez

Los niveles de pasión e intolerancia que se observan en nuestro país, en medios de comunicación, redes sociales, compañías, centros académicos y, en general, en las familias muestran a una sociedad enferma, mentalmente saturada, agotada y con una necesidad urgente de cambio. El cambio debe venir en los discursos, la forma de hacerlos y la mecánica de los debates diarios que damos todos. Colombia es una gran torre de Babel en donde convergen diferentes ideas políticas y diferimos en la forma en que se debe ordenar y funcionar la comunidad. Hablamos lenguajes diferentes, tenemos objetivos distintos: cada colombiano anda con su propia agenda, que pocas veces pasa por lo colectivo y el bien común. Por el contrario, se prioriza el bienestar particular sobre el general, cuando debería ser justamente al revés.
Nuestra educación, cultura y cosmovisión vienen manchadas y contaminadas desde la conquista española, pasando por la violencia de liberales y conservadores, el narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo. Todo siempre acompañado de altos niveles de desigualdad y corrupción. La red social Twitter, en donde diariamente debaten millones, es un lugar que se ha convertido en porqueriza de finca, una cloaca llena de agua de alcantarilla. Si usted revisa cualquier tema de los últimos 10 días, por ejemplo, (para solo enfocarnos en lo que ha pasado en septiembre) encontrará fácilmente una mayor proporción de mensajes negativos que positivos, una mayor proporción de críticas y señalamientos, que propuestas y aportes, una mayor proporción de ataques personales a la que piensa distinto, que puntos en común con el que es diferente. Es cierto que hay gente que usa cuentas anónimas y que pululan los “trolls” que buscan un objetivo específico de molestar e incomodar porque sí.

También es cierto que hay líderes e influenciadores sociales, muchos con miles o millones de seguidores, que no dan ejemplo para nada. Incluyo en ese último grupo algunos colegas puntuales que además usan sus espacios audiovisuales o impresos para atizar la hoguera. Ni qué decir de los dirigentes de la devaluada clase política, que no dan ejemplo con sus pronunciamientos, muchas veces confundiendo vehemencia con grosería, grito, altanería y vulgaridad.

Colombia lo que menos necesita es lanzar más gasolina al incendio. Al compararnos con otros países plenamente desarrollados, estamos aún lejos en algunos elementos básicos que deberían haber sido solucionados hace años. Nuestra construcción social puede verse alterada por el fenómeno de la intolerancia, por si no me creen observen las locuras que están sucediendo en el Reino Unido con el duro camino del brexit o las protestas de Hong Kong que llevan varias semanas y no se han detenido.

El camino hacia adelante debe comenzar por entender y respetar las diferencias. Debemos debatir las ideas, no las personas. Si otro piensa diferente no se le deberían buscar elementos de juicio personalizados. Estamos cayendo en la cacería de brujas, pronunciamientos taquilleros y la guerra de los “trending topic” a cualquier costo. El Gobierno actual puede tener la mejor voluntad en algunos funcionarios, pero sus coequiperos de partido político no ayudan en nada en desinflamar al paciente. La oposición tampoco ayuda, la prensa en algunos sectores tampoco y los ciudadanos terminan copiando el mal ejemplo de los líderes de opinión. No perdamos el respeto, un buen primer paso para reconstruir y sanar las heridas.

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