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Antes de herramientas digitales como Waze, desplazarse hacia un lugar desconocido implicaba consultar mapas físicos. Hoy la realidad es distinta: más de 180 millones de usuarios en más de 185 países utilizan esta aplicación para navegar en tiempo real. Sin embargo, su éxito no radica únicamente en su alcance global, sino en tres cualidades fundamentales: la colaboración, que convierte a los usuarios en generadores de información útil; la digitalización, que reemplaza los mapas físicos por una plataforma accesible desde dispositivos móviles; y la adaptabilidad, que permite recalcular trayectos dinámicamente según las condiciones del entorno.
De manera similar, el sistema financiero colombiano ha avanzado apoyado en estas tres fortalezas. En materia de colaboración, el sector ha fortalecido su capacidad de respuesta frente a amenazas mediante esquemas de inteligencia compartida como el Csirt, que articula a más de 30 entidades para intercambiar alertas en tiempo real sobre incidentes de ciberseguridad. En paralelo, la digitalización ha convertido al celular en el principal canal para gestionar la vida financiera: la participación de las operaciones digitales pasó de 40% en 2010 a 83% en la actualidad, con perspectivas de alcanzar el 90% en los próximos años. Finalmente, la adaptabilidad del sistema se refleja en la ampliación de los medios de pago disponibles, que pasaron de seis instrumentos tradicionales hace quince años a once modalidades en la actualidad.
Gracias a estos avances, Colombia ha logrado la universalización de la inclusión financiera. Sin embargo, el desafío pendiente se concentra en la inclusión crediticia. Actualmente, cerca del 51% de los adultos accede a crédito formal. La meta es alcanzar alrededor del 75%, un objetivo ambicioso incluso al compararlo con países desarrollados.
Alcanzar esta meta implica recorrer la última milla de la inclusión crediticia, un tramo desafiante que exige tomar decisiones acertadas y evitar rutas que frenen el progreso. Entre ellas se encuentran: (i) la eliminación indiscriminada de información crediticia mediante políticas de “borrón y cuenta nueva”, que constituyen un camino al precipicio del gota a gota al debilitar los mecanismos de evaluación del riesgo; (ii) gravar los canales digitales con impuestos como el 4x1000, que desincentivan los pagos electrónicos y fomentan el uso del efectivo; y (iii) la imposición de inversiones forzosas, que genera artificialmente escasez de fondos prestables y termina elevando las tasas de interés.
Para avanzar hacia la meta de inclusión crediticia, el sector financiero propone tres rutas complementarias: una estrategia de rebancarización para reincorporar personas que han salido del sistema; el desarrollo de modelos de score alternativo que incorporen nuevas fuentes de información para evaluar el riesgo crediticio; y el fortalecimiento de la red de corresponsales bancarios, con el fin de ampliar el acceso a productos y educación financiera en todo el territorio.
Estas rutas ilustran algunos de los caminos más prometedores para recorrer la última milla de la inclusión crediticia. No son los únicos, pero muestran cómo, mediante la digitalización, el trabajo colaborativo y la adaptabilidad, es posible ampliar de manera responsable el acceso al crédito formal y abrir nuevas oportunidades de progreso para millones de colombianos.
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