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Redes sociales: el quinto poder

A finales del pasado mes de mayo, un extrabajador de la compañía Facebook aseguró que los empleados a cargo de la sección de temas tendencia o “Trending” de la red social, sesgaban e incluso censuraban, los temas y noticias que a diario aparecen en los muros de los usuarios. El tema generó gran polémica en los Estados Unidos, país que se encontraba en medio de elecciones primarias, debido a que medios republicanos denunciaron la censura a informaciones de carácter conservador publicadas por los mismos y, que aunque fueran noticia y tendencia en otras redes, parecían haber sido puestas en un segundo plano dentro de Facebook. Estas acusaciones generaron malestar particularmente en periódicos y agencias noticiosas, cuyos anunciantes dependen del tráfico digital en sus páginas web que viene de manera considerable de Facebook. 

La red social había rechazado por años las acusaciones, pero después de los detalles presentados por el diario británico The Guardian, no tuvo más remedio que aceptar que tenía un equipo editorial que a diario monitoreaba la información que aparecía en varios sitios de noticias globales, incluyendo Fox News, The Guardian, la BBC, NBC News, The New York Times, USA Today, The Wall Street Journal, The Washington Post y Yahoo News, con el fin de categorizar y priorizar historias. Algo que en este mundo plagado de inteligencia artificial y la famosa “Big Data” parece ridículo porque se restringe el concepto de lo que es relevante y colabora a que la recirculación de una noticia se convierta en tendencia.

El escándalo pareciera haber hecho mella en la estrategia y en la misma operación de Facebook, a tal punto que en los últimos días, la compañía en cabeza de su CEO Mark Zuckerberg, ha anunciado que prescindirá del equipo de editores que hasta el día de hoy han estado detrás de la sección de temas tendencia. Facebook ha tomado una medida radical y confiará el proceso a un algoritmo “objetivo” que en teoría evitará los conflictos ideológicos y la manipulación de los temas. La inteligencia artificial de ahora en adelante será quien decida si es más importante resaltar las noticias de la candidata demócrata Hillary Clinton o la del opositor republicano Donald Trump, o si un desnudo de Kim Kardashian debería ser más popular que la canonización de Sor Teresa de Calcuta. 

La controversia se extiende más allá del entorno tecnológico y confirma de manera evidente el poder de influencia que las redes sociales tienen y tendrán en el futuro en el ambiente político y democrático en muchos países. La solución “salomónica” que propone Facebook y que ha sido la bandera de Google en su portal de noticias, al igual que por muchos años la censura y libertad de prensa han sido fantasmas alrededor de los medios, hará que las nuevas generaciones, los “millenials” y los que vienen detrás de ellos, vivan bajo la falsa ilusión de que no existe alguien moviendo los hilos detrás de la pantalla. Las generaciones por venir adoptarán como una verdad a puño, que detrás del contenido que consumen a diario, hay simplemente algoritmos cada vez más inteligentes que muestran tendencias con base en cálculos estadísticos. A las redes sociales no les queda más que tratar de vendernos imparcialidad y objetividad como lo hicieron periódicos, radio y televisión por los últimos cien años, con el fin de mantenernos pegados a sus páginas, lo cual resitúa en ingresos por publicidad. 

Al final, no hay individuos ni algoritmos perfectos y los algoritmos son desarrollados por seres humanos intrínsecamente imperfectos. El poder de influencia que tiene una red social es innegable y la idea de remover el componente humano en un proceso de selección de noticias tiene más un carácter estético y de reputación, en lugar de ser una propuesta honesta para el consumidor de noticias.  La imparcialidad y la objetividad, particularmente en aspectos políticos, es una falacia, es por eso que tratar de pintarse neutral en un mundo donde las afiliaciones políticas de los individuos detrás de las compañías son conocidas es sinónimo de hipocresía.