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Analistas 07/03/2026

Uso del tiempo en Occidente

Gustavo Moreno Montalvo
Consultor independiente

La reducción del tiempo necesario para el trabajo fue una gran conquista del siglo 20 en Occidente. Parte importante de las horas liberadas se orientó a aprovechar herramientas tecnológicas para la recreación y la comunicación social, desde el televisor y los equipos de sonido hasta el computador y el teléfono móvil. El libro sobrevive, pero su mercado se ha reducido, amenazado por las ventajas de mecanismos más sintéticos, aunque menos completos.

El ocio y el turismo van de la mano: podrían ser relevantes desde la perspectiva cultural, pero consumen recursos en el cultivo de placer. El escaso interés de los viajeros, aunque legítimo en adquirir conocimiento sobre los valores culturales y la historia de sus destinos, resulta en limitado beneficio futuro para la humanidad de la oportunidad privilegiada.

Tras el avance rápido en las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial, han venido tiempos de lento crecimiento económico en Occidente. La reducción de la jornada laboral no se ha visto complementada con educación continua, de efectos posibles ulteriores en ingresos y estabilidad laboral. La escasa orientación del grueso de la población hacia el aumento de la productividad en los países subdesarrollados tiene consecuencias serias: no se impulsan las economías como se podría, oportunidad desaprovechada que permitiría conjugar el conocimiento del primer mundo y la aspiración de poblaciones que han superado el analfabetismo y quieren trascender los lastres de la experiencia colonial y superar la pobreza.

El ocio es costoso si no se aprovecha el tiempo disponible para asegurar ingresos laborales hasta la edad de jubilación y rentas de capital a partir de ese momento. Entre tanto, aparecen nuevos retos: la automatización, que obliga a todos a diversificar las destrezas individuales para preservar el valor del tiempo de trabajo, y el envejecimiento, puesto que la brecha entre la vida productiva y la expectativa de vida tiende a aumentar. Tampoco se busca reconfigurar patrones de consumo para mitigar riesgos resultantes de perturbaciones al medio ambiente, cuyas consecuencias pueden ser catastróficas.

La orientación hacia instituciones políticas liberales democráticas, cuyos valores fundamentales son respeto y solidaridad, no es parte del patrimonio cultural de muchas sociedades, y no parece haber interés en Occidente por la tarea transformadora de promoverla. Por el contrario, se privilegia en exceso el arbitrio individual sin restricciones, y se hace caso omiso de los desaciertos durante los siglos de control efectivo del planeta, desde los albores de la edad moderna, con serias consecuencias éticas.

Latinoamérica, hija de Occidente en valores e ideología, aunque con ingreso mucho menor, padece sistemas políticos inadecuados, deficiencias en educación, instituciones excluyentes aún en lo privado y escaso cultivo de la ciencia y la tecnología. Las afinidades lingüísticas y culturales facilitarían integraciones, con beneficio económico por la ampliación de ámbitos para el libre flujo de bienes, trabajo y capital.

El futuro del mundo depende de Occidente para mejorar la vida de todos los humanos. Si despierta, su legado se habrá legitimado. Si no lo hace, la libertad puede volverse propósito fallido. No habrá armonía en la tierra sin derrotar la pobreza y las desigualdades, la violencia y la ineficacia institucional.

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