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La mejor distribución

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Gustavo Moreno Montalvo Consultor independiente

La perfecta equidad es, por definición, insostenible. La distribución de ingreso o patrimonio en exceso desigual es antipática y difícil de defender. La mejor es la que cumple en forma más apropiada con los objetivos propuestos por la comunidad y atienda las restricciones convenidas para el período de tiempo que se considere adecuado, atado, por necesidad, a la expectativa de vida, que aumenta en forma sostenida en todo el planeta en las últimas décadas. Hay un propósito de corto plazo de carácter inevitable para la especie humana: la sostenibilidad económica, social y ambiental. Esta afirmación se fundamenta en la premisa de que la especie es una sola, en conexión compleja con las demás y con el resto del entorno.

El proceso para valorar los cambios en número y tecnología de la especie desde hace un par de siglos, con oportunidades y amenazas de dimensiones antes imposibles de imaginar, no ha sido fácil, como tampoco lo ha sido la aceptación de la necesidad de que lo público ofrezca malla protectora en salud y educación, de especificaciones cambiantes según las circunstancias, para mitigar riesgos de carácter individual. Lo cierto es que los humanos no somos muy homogéneos: los mismos cambios que abren espacios insospechados o pueden inducir catástrofes son fuente de desigualdades porque las destrezas relativas de ciertos individuos logran mayor reconocimiento por su aporte a los procesos de transformación de la energía que ejecuta la humanidad. Algunas personas tienen dotes excepcionales, que inducen prestigio y crecientes diferencias en dinero: son más útiles para la coyuntura, o tienen mejor suerte, con frecuencia factor determinante de los desenlaces individuales.

Hace tres años un grueso volumen con análisis robusto de tendencias y causas, escrito por el economista francés Thomas Piketty, cuyo título en español es El Capital en el Siglo Veintiuno, sacudió el mundo con la preocupante conclusión de que la creciente desigualdad solo se puede mitigar con impuestos a la propiedad en función de su tamaño. Su análisis empírico de la historia económica de las últimas décadas es abrumador: hubo una fase de reducción de la desigualdad desde la posguerra imputable a un crecimiento muy rápido, de carácter transitorio e improbable repetición, que terminó en los setenta del siglo pasado.

El tema se ha ventilado desde muchos puntos de vista, pero la evidencia apunta a aceleración de la desigualdad del ingreso, al menos en parte por los abusos de quienes administran instituciones públicas y privadas del mundo. Así, las grandes empresas de fármacos abusan de su posición dominante e inciden en forma desmedida en la formulación de políticas públicas en materia de salud; las empresas que producen armas impulsan la competencia por el gasto en elementos para la guerra, ahora rotulados como gasto de defensa; la banca internacional produjo instrumentos de portafolio cuya calificación parecía elevada a pesar de limitarse a sumar componentes de deficiente calidad, con lo cual se precipitó la Gran Recesión de 2008-2009. Todas las conductas indebidas en lo privado tienen correspondencia en lo público. Por esta razón es importante repensar los procesEQUIDADos institucionales de todo el planeta y los elementos de pedagogía con los que se construye la sociedad del futuro. El mundo de los humanos solo puede ser lo que entre todos podamos construir.

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