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La desigualdad

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En el paleolítico euroasiático hubo relativa igualdad. La mujer, en general, hacía recolección, en tanto que el hombre cazaba y pescaba. La precariedad material impedía el ordenamiento social complejo, con jerarquías. Hace solo diez mil años comenzó la acumulación de bienes, como consecuencia de la aparición de la agricultura, y con ella la urbanización y las instituciones públicas, cuyos propósitos eran el monopolio del poder coercitivo y la mediación con las fuerzas ocultas, de carácter superior, que incidían en la vida. De allí surgieron las diferencias en autoridad y consumo.

Las manifestaciones concretas de la desigualdad desde entonces han sido muy variadas. La revolución industrial, que comenzó en Inglaterra en el siglo dieciocho y se trasladó a Europa Occidental en el diecinueve, produjo grandes cambios. La población mundial en 1787, cuando se formó la primera democracia liberal en EE.UU., sumaba del orden de 800 millones de personas, y pasó a unos 1.600 millones en 1914, cuando estalló la primera guerra mundial; hoy está cerca de 8.000 millones. Este crecimiento conlleva instituciones privadas y públicas más complejas y, por ende, más dispersión en el ingreso. Además, la cibernética, que ha cambiado el mundo en las últimas cuatro décadas, exige destrezas incluso para llevar a cabo actos de consumo; el valor del conocimiento y la capacidad de ajuste al cambio crean nuevas diferencias.

EE.UU., cuya economía dominaba el mundo no comunista al terminar la segunda guerra, consolidó una sólida clase media en las dos décadas siguientes, pero desde los setenta experimenta un retroceso en distribución del ingreso y la riqueza. La consecuencia práctica ha sido que el nivel de vida de esa clase media se ha estancado, a pesar de la mayor tasa de participación de la población en la fuerza de trabajo formal con la incorporación masiva de la mujer, apoyada en la reducción de la tasa de natalidad tras la explosión de la posguerra.

En general, hoy hay tendencia a más desigualdad aunque la situación desde la perspectiva de la población total ha mejorado porque los países pobres, en el agregado, han crecido su ingreso per cápita más rápido que los ricos desde 1978, en buena parte por el proceso de desarrollo aún en curso en China.
En Latinoamérica la inequidad era muy marcada al comenzar el siglo veinte. En toda ella hay tendencia a menor nivel de pobreza, pero los coeficientes de Gini, que miden la desigualdad, siguen siendo altos, lo cual inhibe el crecimiento porque limita la capacidad de consumo de la población. Colombia es caso de particular preocupación: es de los países más desiguales, y el impacto del gasto público en el coeficiente es ínfimo; el Estado no hace su tarea.

Además, la diferencia entre regiones es alarmante: en Nariño el ingreso per cápita anual es del orden de $9 millones, cuando en Bogotá es del orden de $25 millones y en Casanare supera $30 millones; Nariño es uno de los departamentos con mejores resultados en las pruebas Saber, pero el país, cuyo crecimiento económico desde hace varios lustros depende del petróleo, no remunera el esfuerzo educativo. Además la mujer sigue en inferioridad de ingreso frente al hombre en todo el país. La productividad nacional es muy baja, lo cual significa que es posible reducir la desigualdad mediante eficiencia. La evidencia exige acción sin destrucción. El nuevo gobierno tiene tarea inaplazable.

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