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Analistas 21/08/2021

Futuro de capital y trabajo

Gustavo Moreno Montalvo
Consultor independiente

Las tareas que enfrenta la humanidad son enormes. Es preciso crecer para mejorar la distribución del ingreso sin deterioro en la calidad de vida de la inmensa mayoría y, al tiempo, proteger el ambiente, regular para evitar abusos, y mitigar los riesgos de guerra de destrucción total. La dimensión de los retos obliga a revisar todas las reglas de organización para evitar restricciones de diversa índole más adelante. No bastará el rediseño de las instituciones: los cambios de tecnología, más rápidos que en el pasado, y la extensión de la expectativa de vida. transformarán los procesos para la provisión de bienes y servicios, desde su incepción hasta el acto de consumo. Se requerirá visión de propietarios y administradores del capital para hacer la inversión acertada y ajustar la gestión, y evolución permanente de las destrezas de los trabajadores para enfrentar nuevas tareas y así neutralizar la inevitable pérdida de vigencia a raíz de los cambios imputables a la tecnología.

Siempre habrá algún nivel de conflicto entre objetivos de capital y trabajo: el primero busca maximizar ganancias y el segundo aspira a mayor remuneración. Sin embargo, el nuevo escenario exige más amplitud: si la expectativa de vida excede en grado significativo y creciente la vida productiva, los trabajadores deberán segregar parte importante de su ingreso para agregarla al capital, para que produzca renta durante la fase improductiva en la cuarta edad. La transición energética necesaria solo se podrá financiar con crecimiento económico rápido y con educación pública adecuada para evitar el deterioro en la distribución del ingreso: el máximo con los beneficios de su efecto multiplicador, se logra si hay una base muy amplia de consumidores con capacidad de gasto. Trabajadores, capital e institucionalidad pública deberán concertar de manera permanente los programas pertinentes para crecer el ingreso.

El mundo se ha integrado. Sin embargo, no está organizado, ni en lo público ni en lo privado, de manera apropiada para obtener los beneficios plenos del proceso y evitar los riesgos asociados. El contexto no impulsa la virtud cívica en ningún ámbito. Incluso hoy hay competencia abierta entre los modelos occidentales, abiertos a la iniciativa privada y la gestión libre del capital, y el modelo de capitalismo político practicado por el partido comunista en China, donde 80 millones de afiliados al partido, en pugna interna pero unidos hacia afuera, controlan la gestión del trabajo. La desigualdad en los países desarrollados tiende a aumentar. La conjunción de pobreza y corrupción en África aterra. Las fracturas de la sociedad india son freno para el crecimiento ulterior.

En las sociedades islámicas han estallado prevenciones contra el esquema occidental de convivencia. Latinoamérica, por su parte, no se preparó para el nuevo escenario y abrió su economía sin racionalidad estratégica. Conservó elementos propios de economías cerradas. Las consecuencias son elevada informalidad, con la consiguiente desigualdad, que alimenta fisuras sociales en épocas de bajos precios relativos de productos primarios cuya exportación es el futuro de la región, en vez de impulsar productividad en actividades de mayor valor agregado donde podría haber ventajas comparativas relativas. Colombia evidencia esos problemas en máximo grado. Hay que pensar en grande, concertar camino y actuar.