Analistas 17/04/2020

Coronavirus: ¿Ha hablado de la muerte con sus seres amados?

La ‘nueva normalidad’ de la pandemia del coronavirus no solo impondrá por mucho tiempo el aislamiento, el distanciamiento social y el ‘enmascaramiento’, sino una nueva realidad de la muerte.

Pero en Colombia, claramente, hay una renuencia colectiva a hablar de ella, que arranca en los altos niveles gubernamentales (nacionales y locales), y ha terminado por permear a toda la sociedad y acomodarse en el seno de nuestros hogares.

No de otra forma se explica que en el único escenario revelado con algún detalle por el Gobierno, el que justificaba la Emergencia Económica, es protuberante la ausencia de proyección de muertos, que se sabe existe.

No de otra forma se explica también la renuencia oficial a dar a conocer los modelos de comportamiento de la pandemia, que permiten tomar decisiones como la extensión de la cuarentena por un par de semanas, por 3 meses, o de hablar de ‘aislamiento inteligente’.

La gran paradoja es que a la par con ese silencio paternalista (¡silencio mortal!), llegan otras informaciones ‘sutiles’ que generan más ansiedad, como los grandes preparativos para una avalancha de pacientes cuando alcancemos ‘el pico’ de infecciones, u otras más explícitas, en las que se habla de que, por ejemplo, los hornos crematorios existentes en Bogotá a toda marcha pueden hacer 108 cremaciones en un solo día, o que se adquirieron contenedores refrigerados para guardar cadáveres. Pareciera que quisieran aliviar nuestros temores de que pase lo mismo de Guayaquil, Ecuador, donde la gente moría en las casas y sus seres queridos se veían obligados a dejar los cadáveres en las calles.

Despedida definitiva
Hablar de eso es parte de la nueva realidad de la muerte, que arranca con el hecho de que cuando el virus entra en nuestro hogar y uno de nosotros o de nuestros seres amados tiene que ser hospitalizado por los síntomas que provoca, ese momento puede ser una despedida definitiva.

Nadie está excluido. Si algo muestran las estadísticas de muertes locales es que no solo nuestros viejos, en especial aquellos que padecen ciertas enfermedades (algo que suena redundante), están en riesgo; el coronavirus se ha llevado a gente de todas las edades, incluso jóvenes, aparentemente sanos.

“Uno de los más dolorosos aspectos de esta pandemia es la irremediable separación de los pacientes de sus familias al fin de sus vidas. Usualmente, ocurre inesperadamente, en una oleada de dificultad respiratoria, con los sentimientos de los familiares envueltos en una extraña mezcla de culpa y miedo de los sobrevivientes, mientras intentan captar el concepto de contagio y están abrumados por el miedo generalizado a una catástrofe invisible e innombrable”, dice Simone V. Bennati, médico, en la publicación Anales de Medicina Interna, donde relata el diálogo telefónico con la pareja de un hombre mayor que moría solo bajo su cuidado en Italia.

Pregúntese: ¿Hemos hablado sobre esa posibilidad? ¿Estamos conscientes de que no podremos ver a nuestro familiar por el aislamiento impuesto? ¿Hemos hablado de nuestros miedos y preocupaciones por si no regresamos? ¿Hemos hablado de nuestra última voluntad? ¿Hemos hablado de los asuntos que dejamos pendientes? ¿Hemos hablado de nuestros sentimientos? ¿Hemos dicho te amo? ¿Nos hemos reconciliado si estábamos distanciados? ¿Deberíamos ‘estar en modo’ despedida permanente durante esta crisis?

Dioses obligados
La nueva realidad de la muerte va más lejos, y debemos estar conscientes de ello.

En algún momento de esta pandemia del coronavirus, ante la llegada masiva de pacientes y la escasez de recursos, los médicos colombianos terminarán decidiendo quién vive y quién muere en los centros hospitalarios.

Ocurrió en Italia y España. Ocurrió en lugares de Estados Unidos, donde se discuten públicamente los parámetros para hacerlo.

Así se deduce que lo anticipa una directiva emitida por el Ministerio de Salud (véala al final del texto) a finales de marzo, y que pasó relativamente desapercibida entre el cúmulo que ha generado para hacer frente a la emergencia.

La directiva del Ministerio de Salud pone de presente que estas condiciones de emergencia pueden limitar los derechos individuales o preferencias, lo que debe ser informado al paciente y su familia.

El documento, llamado ‘Recomendaciones generales para la toma de decisiones éticas en los servicios de salud durante la pandemia Covid-19’, reconoce que “en el contexto actual los recursos pueden verse ‘trágicamente’ limitados”.

En un escenario de escasez, dice en otro aparte, si los recursos -físicos, de personal y  tecnológicos- deben ser racionados, estos deben ser redistribuidos “de forma justa prestando atención a que sean ubicados sobre las personas que más se van a beneficiar”. Y más adelante reitera que hay que “hacer una prioridad el tratar a quienes se benefician de ser tratados”. Los sacrificados: “Pacientes con cuadros severos que no se beneficien del cuidado avanzado”, así como “aquellos con requerimientos de soporte avanzado sin posibilidad de recuperación”, a pesar de que hayan llegado antes a la atención.

Los recursos que escasearán más temprano que tarde son, fundamentalmente, las unidades de cuidados intensivos y los respiradores, y las pautas para el acceso o no a ellos son el objeto de la directiva.

¿Estamos conscientes de que uno de nuestros seres amados puede ser el sacrificado por una de esas decisiones, bien sea por su edad o por las enfermedades que padecía, entre otras razones? ¿Somos conscientes de que condiciones médicas normalmente reversibles pueden ser fatales en situaciones de emergencia por escasez de recursos?

Duelo solitario
En caso de un desenlace fatal, la nueva realidad de la muerte, nos quita incluso la posibilidad de elaborar el duelo en los términos tradicionales, uno de cuyos pilares era un rito funerario masivo, acompañado de amigos y familiares. Ya en Colombia los protocolos limitan el número de personas que pueden asistir a este tipo de eventos. En países en los que el coronavirus ya ha golpeado más fuerte (Italia, España, Estados Unidos, y ojalá no sea nuestro destino), los sepelios contaban con la presencia de solo un familiar; incluso, solo un empleado funerario y un cura. Y a veces las ceremonias individuales fueron reemplazadas por las colectivas en fosas comunes. Y ni que recordar Guayaquil.

Incluso el contacto con el cuerpo del ser querido será impedido, por riesgo de contagio. No podrá ni siquiera ser visto porque será empacado en bolsas herméticamente cerradas y desinfectadas.

Aunque no habla de obligatoriedad, otra directiva del Ministerio de Salud (véala al final del texto) dice que “la disposición final del cadáver será preferiblemente mediante cremación”. En otro aparte de la misma directiva, que confirma la no obligatoriedad, dice que “después del alistamiento del cadáver (…) será entregado al personal del servicio funerario para su depósito en ataúd o contenedor de cremación y posterior traslado al sitio de destino final (horno crematorio y/o cementerio)”. Se infiere que solo habrá entierro cuando por una u otra razón no haya disponibilidad de crematorio.

¿Hemos hablado de toda esta nueva realidad de la muerte con nuestros seres amados?

Tal vez, la mayoría de nosotros no lo hemos hecho, bien sea por el miedo, el negacionismo (esto no me va a ocurrir a mí), por una actitud abierta de “no amargarse la vida” en lo poco que nos pueda quedar de ella o, simplemente,  porque no sabemos cómo hacerlo, y necesitamos ayuda. Una ayuda que debería provenir de expertos y del Gobierno, como parte de una estrategia más amplia de salud mental durante la pandemia.

Lo que es claro es que necesitamos expertos que sean conscientes de que es esta la nueva realidad de la muerte.

En una próxima entrega: cómo iniciar esta difícil conversación con nuestros seres amados.

@sintapabocas1