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Analistas 07/05/2026

Wellness washing

Guillermo Cáez Gómez
Socio Esguerra JHR
GUILLERMO CAEZ

Durante años vimos empresas pintarse de verde para parecer responsables mientras seguían operando exactamente igual. Después llegó el tech washing: compañías que hablaban de innovación, transformación digital e inteligencia artificial, aunque por dentro siguieran funcionando con culturas obsoletas y liderazgos incapaces de sostener el cambio que vendían. Hoy empieza a verse otra tendencia que, más allá de identificarla, muestra un patrón de conducta: el wellness washing.

No sé si ya alguien haya escrito sobre este fenómeno, solo que ahora que me dedico a acompañar empresas en el entorno emocional del liderazgo, he empezado a ver que, si bien el entorno corporativo está dedicando tiempo y recursos al bienestar, en algunos casos esto es tan solo para no quedar por fuera de la tendencia, pero no con el convencimiento de que, apoyando la transformación de sus trabajadores, se logran sincronizar los propósitos personales y empresariales.

Es común ver ya rutinas creadas para el bienestar: meditación el martes, charla de liderazgo consciente el jueves, y sigue uno evidenciando el estanque emocional. Algo a lo que quiero llamar la atención es que debemos trabajar para que el bienestar no sea una estrategia de mercadeo, pues los entornos auspician el proceso interno de cada ser y no solo hablan de bienestar.

¿Qué es bienestar? Aunque suene obvio, es el estar bien. Y si bien los beneficios de salario emocional, como jornadas reducidas, trabajo en casa y otros beneficios periféricos, son valorados, la realidad es que veo muchos lugares en donde la cultura se come la estrategia; que en el papel hay beneficios que en la realidad no se dan. Por eso no es solo importante parecer, sino ser. Eso último solo se logra sincerándose y actuando desde la coherencia, sin importar el costo de esta. Una organización coherente atrae personas con talento, no busca retenerlas.

Y si usted quiere saber si es cultura o solamente discurso, lo invito a que busque si la política de la empresa a la que hace parte o que incluso lidera tiene el miedo como herramienta de gestión, el castigo en vez del incentivo y más garrote que zanahoria. Estamos de acuerdo en que todos debemos aprender a asumir costos y es parte de la vida, por dolorosos que sean. A lo que quiero que le pongan su atención es a que, si no hay coherencia entre el discurso y la cultura, al menos no se ha encontrado el camino para que los humanos que hacen parte de esa organización puedan estar bien.

Hoy vemos al entorno corporativo lleno de líderes agotados intentando enseñar bienestar sin haberse trabajado a sí mismos. Personas que hablan de salud mental mientras operan desde la ansiedad, el ego, el miedo a perder relevancia o la necesidad permanente de validación. Líderes que aprendieron el lenguaje emocional correcto, pero nunca hicieron el trabajo interno que ese lenguaje exige. Y todos tenemos mucho que trabajar, y el trabajo no para.

El problema no está en hablar de bienestar. El problema es usarlo como estrategia reputacional mientras se mantienen dinámicas que drenan física y emocionalmente a las personas. Porque ningún curso de mindfulness compensa una cultura basada en el miedo. Ninguna conferencia inspiracional corrige un liderazgo incapaz de poner límites, sostener conversaciones difíciles o regular su propio desborde emocional.

Entonces, como lo dije en la columna pasada, del dicho al hecho hay mucho trecho. Las organizaciones no se transforman solas; somos humanos interactuando con humanos y los cambios, en la mayoría de las veces, son obligados. Tan solo pensemos en algo: ¿por qué empezamos en los entornos corporativos a hablar de bienestar con tanta intensidad? Porque hay unas generaciones para las que estar bien es más relevante que para otras que fuimos educadas con la ley del aguante. Para estas personas, un lugar donde puedan ser es un punto clave para pertenecer, permanecer o pensar en irse de una corporación. Así que esto no fue de generación espontánea, pero sí veo muchos entornos lavándose la cara cuando por dentro son más de lo mismo.

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