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Analistas 14/07/2022

Una crisis desperdiciada

Guillermo Cáez Gómez
Socio en Cáez Muñoz Mejía Abogados

En el 2008, cuando Barack Obama estaba en medio de la campaña, se desató una crisis por cuenta de las declaraciones racistas de quien era su pastor. Esa crisis estuvo a punto de derrumbar cualquier posibilidad de que fuera presidente. Otras personas e incluso otras campañas se hubieran paralizado y echado al traste sus aspiraciones, pero este no fue el caso de Obama. En vez de esconderse y no hablar del tema controversial, aprovechó la coyuntura y convirtió un mal momento en una catapulta para lanzar un discurso sobre temas raciales que son difíciles de abordar.

Gracias al consejo de Rahm Emanuel (quien en su momento fue su asesor), Obama logró abordar un tema en medio de una crisis, que en otro momento no lo hubiera podido hacer. El consejo del asesor fue el siguiente: “no desperdicies una crisis grave. Cosas que antes posponíamos mucho tiempo, que eran de largo plazo, ahora son inmediatas y deben enfrentarse. Una crisis nos brinda la oportunidad de hacer cosas que no podíamos hacer antes”.

Se preguntarán a qué viene esta historia y es muy sencillo de explicar. Hace ya casi cuatro años se posesionó el presidente Iván Duque y a los pocos meses llegó la declaratoria de pandemia y con esta, una de las crisis sanitarias más agudas que se han vivido en la historia reciente. Esta crisis que tuvo impacto económico y político era el momento perfecto para que, como le aconsejó Rahm Emanuel a Obama en 2008, se tomara la oportunidad para hacer las transformaciones que el sistema colombiano necesita para funcionar mejor.

Duque se atrincheró en su propia voz, en su grupo cercano

Por el contrario, en vez de sacarle provecho a esta gran crisis para generar grandes cambios (como la digitalización del estado y los servicios ciudadanos, mejorar el funcionamiento del sistema de salud, invertir en ampliación de infraestructura, etc), Iván Duque decidió rodearse en su gran mayoría de un comité de aplausos -salvo algunas excepciones- que lo llevaron a fracasar en la agenda legislativa, en la transformación del estado y opuesto a su lema de campaña del que “el que la hace la paga”, los escándalos de corrupción como el de centros poblados y ahora el de los fondos de la paz, no tienen dolientes, a pesar de contar con el fiscal más capacitado de su generación. Estos dos escándalos son apenas la cuota inicial a una incapacidad absoluta de liderazgo institucional que es otra forma de defraudar a los colombianos. Sí, porque no solo pedir coimas es corrupción, la incompetencia también lo es.

El legado del gobierno de Iván Duque es como diría mi madre, “con más pena que gloria”, pues lo que pudo ser un momento de transformaciones, terminó en una mar de contradicciones y apuestas equivocadas que llevaron el barco a un cambio que como lo he dicho, espero y estoy esperanzado que sea el correcto para lograr la equidad social que tanto necesitamos. A diferencia de Obama, Duque se atrincheró en su propia voz, en su grupo cercano que no convencieron su gestión de gobierno fue para pasar a la historia, al punto de dar declaraciones que si volviera a lanzarse a la presidencia los colombianos lo elegiríamos.

Tan lejana es su realidad, como la brecha que se vive entre los ciudadanos colombianos en materia de riqueza. Así como se piensa que tener casa en la Bahamas y avión es la normalidad, la misma desconexión que hace que el sistema requiera una transformación radical, que respete las reglas de mercado, que promueva el bienestar social. Por eso el nuevo presidente Petro tiene un reto enorme por delante, pues no podemos de nuevo echar por la borda la oportunidad de equilibrar la balanza.

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