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Analistas 02/07/2026

Obediencia civil

Guillermo Cáez Gómez
Socio Esguerra JHR
GUILLERMO CAEZ

Hace poco, unas declaraciones de Iván Cepeda sobre la posibilidad de acudir a la desobediencia civil volvieron a encender el debate público. Más allá de contradecirlas, respaldarlas o convertirlas en otro combustible para la pelea nacional, el punto de fondo debería ser otro: qué nos dicen esas reacciones sobre la forma en que entendemos la democracia, la derrota y la reconciliación.

Las democracias no se ponen a prueba cuando gana quien pensamos que debía ganar. Se ponen a prueba cuando el resultado favorece a quien piensa distinto. Mientras las reglas producen el desenlace que esperamos, hablar de institucionalidad, respeto y convivencia resulta fácil. La verdadera prueba aparece cuando el poder queda en manos del contradictor y, aun así, se decide respetar el camino que las mismas reglas trazaron.

Colombia lleva demasiado tiempo queriendo reconciliarse desde la división. Hablamos de unidad, pero seguimos comunicando desde la amenaza. Invocamos la paz, pero usamos el miedo como herramienta de movilización. Pedimos respeto por la democracia, pero muchas veces la defendemos solo cuando confirma nuestra visión del mundo. Esa incoherencia no pertenece a un sector; atraviesa la cultura política entera.
El problema no es disentir. Una democracia necesita oposición, crítica, vigilancia y ciudadanos que no traguen entero. El problema aparece cuando el desacuerdo se convierte en constreñimiento moral; cuando la diferencia deja de ser una posición legítima y pasa a ser una traición; cuando la derrota no se asume como una oportunidad para leer el mensaje de las urnas, sino como una excusa para profundizar la herida.
Hay una forma de hacer política que se alimenta de la imposición. No busca convencer, busca presionar. No busca construir, busca arrinconar. Y cuando la política se vuelve una extorsión emocional, el país deja de conversar y empieza a obedecer por miedo o a resistir por rabia. En cualquiera de los dos casos, perdemos todos.

La lealtad y la coherencia no pueden ser virtudes de temporada. No pueden exigirse cuando se gana y olvidarse cuando se pierde. Si creemos en las reglas, debemos creer en ellas también cuando el resultado no nos favorece. Si creemos en la democracia, debemos defenderla incluso cuando el ganador representa una visión distinta a la nuestra. Lo contrario no es convicción; es conveniencia disfrazada de principio. Bien dicen que la lealtad se conoce con el contradictor.

También hay una lección humana detrás de esto. Perder revela más que ganar. Ganar suele inflar el ego; perder lo confronta. En la derrota aparece la auténtica estatura emocional de una persona, de un movimiento y de una sociedad. Se puede perder con dignidad, aprender, reorganizarse y construir desde la experiencia. O se puede perder buscando culpables, alimentando resentimientos y convirtiendo la frustración en argumento político.

El país necesita aprender a perder sin romperlo todo. Necesita entender que el poder no es propiedad de ningún grupo y que gobernar no puede significar gobernar únicamente para los propios. Quien gana debe gobernar para todos. Quien pierde debe ejercer oposición sin negar la legitimidad del sistema que le permitió competir. Esa es la base mínima de una democracia madura.

El liderazgo verdadero no consiste en imponer una visión por la fuerza de la presión social. Consiste en crear las condiciones para que personas profundamente distintas puedan seguir compartiendo un mismo país. La democracia no se defiende únicamente votando. También se defiende perdiendo con coherencia. La grandeza política empieza cuando se entiende que el adversario no debe ser destruido, sino interpelado dentro de unas reglas comunes.

Colombia no necesita más discursos que usen la división como argumento. Necesita menos amenaza y más responsabilidad. Menos necesidad de tener la razón y más capacidad de construir desde la diferencia. Porque un país no se reconcilia cuando todos piensan igual. Se reconcilia cuando quienes piensan distinto aceptan que siguen perteneciendo a la misma historia.

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