Analistas

“Farcsantes”

Ahora que el pueblo colombiano se manifestó dándole un espaldarazo al presidente Juan Manuel Santos para continuar con el proceso de paz, las Farc han demostrado, no solo a lo largo de su existencia, sino en lo que va transcurrido de los diálogos que se desarrollan en La Habana, que su discurso no es otro que uno contrario a los ciudadanos colombianos y a una búsqueda real de la salida de un conflicto. 

En algún momento y en otra columna escribí lo que a mi juicio deben ser las bases de un posconflicto desde la órbita del gobierno colombiano. Ahora es el turno de hacer una tomografía de cómo debería ser el discurso real de las Farc de cara a una salida acordada a un conflicto que ya pasó de ser una causa a ser un negocio para cada uno de los frentes. Lo primero que uno entiende que se debe hacer, lógicamente, es el reconocimiento de los delitos cometidos: no se puede tirar la piedra, esconder la mano y tras de todo querer hacerse pasar como víctimas. ¿Víctimas de qué? ¿De los carros, bicicletas, cilindros, burros y niños bomba, del secuestro militar, económico o político, de los desplazamientos forzados, de los robos de ganado, de los daños a la infraestructura, de los daños casi irreparables al medio ambiente o del negocio del narcotráfico? 

Pues lamentamos informarles que su discurso está invertido en 180º. Ahora bien, es más que natural que por el periodo por el cual están pasando los diálogos de La Habana, se intente por parte de este grupo terrorista arreciar con acciones aisladas, graves por supuesto, que generan terror a los ciudadanos y una falsa percepción de inseguridad, con el fin de buscar una mejor posición a la hora de la negociación. También es cierto que por este punto deben ya dejar la incoherencia de decirse o autoproclamarse el “ejército del pueblo”, porque no lo son. La mayoría de sus combatientes son reclutados y mantenidos en combate ilegalmente y a la fuerza, pocos son aquellos que quieren formar parte de este grupo criminal. Los otros (comandantes) son los que se han vuelto ricos a causa de las vacunas, los secuestros y el narcotráfico y no quieren que el conflicto termine, por más promesas de verse un día ocupando una curul o una alcaldía, además de que no se sienten representados en la mesa de conversaciones.

Lo primero que deben reconocer públicamente es que son victimarios y que han cometido innumerables e irrepetibles crímenes que deben tener perdón, pero no deben dejarse de lado. Como lo dijo el representante Jaime Lozada, no son campos de verano, ni excursiones ecológicas a las que las Farc sometió a miles de colombianos, ni mucho menos fue un espectáculo pirotécnico la cantidad de bombas que han puesto por todo el país, ni los campos minados que tantas bajas y mutilados han traído son un juego divertido de obstáculos que merezcan nuestros aplausos: son unos CRIMINALES. Llamarlos de esa manera no hace que no podamos pasar la página de un periodo terrible para todos los colombianos, sino que las cosas se llaman por su nombre, como muy bien lo anotó Lozada, quien es él junto con su familia una prueba viviente de lo que fue capaz esta “guerrilla”.

Segundo, desde la forma en que veo el posconflicto, creo que es positivo mentalmente, y un proceso sicológico de sanación que debemos vivir los colombianos, que estos señores de las Farc paguen en un modelo de justicia transicional por sus crímenes. Si bien es importante perdonar, para enseñanza de las futuras generaciones hay que mostrar que el crimen no paga y que, así no sea significativo, hubo un castigo y estuvieron dispuestos a someterse a él por demostrar simbólicamente que están arrepentidos. Amanecerá y veremos. 

Tercero, el respeto tanto por el país como por sus víctimas. Afortunadamente no he tenido que ser víctima directa de las Farc, pero tratando de ponerme en su lugar quisiera que por lo menos tuvieran un poco de gallardía y trataran como se merece a quienes han visto su vida truncada por sus actos cobardes. No se puede hablar de paz sin lo mínimo que se requiere en una conversación que es el respeto. Si yo me siento indignado, me imagino a quienes sí han padecido sus actos y es natural su reacción ante esa risita socarrona diciendo que no se arrepienten de nada de lo que han hecho. Si hablan con la verdad, tendrán respaldo electoral a la hora de refrendar los acuerdos; si no, no será más que otro proceso fallido, donde pasearon a costa nuestra e hicieron proselitismo para su organización, así que no hay más que decir: que dejen de ser “farcsantes”.