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Analistas 28/01/2025

Podredumbre mental

Germán Eduardo Vargas
Catedrático/Columnista

Oxford proclamó la “podredumbre mental” como expresión del año, refiriéndose a la estupidez colectiva que se viraliza en redes sociales, confunde a la humanidad y pone a «alucinar» a la inteligencia artificial, IA.

Entre esos contenidos, los vinculados a la formación y la gestión debieran estar en cuarentena. La Torre de Marfil colapsó antes de la descentralización que propició Internet, para que la comunidad hacker compartiera conocimientos, donara soluciones o perfeccionara el progreso, agilizando nuestra retroalimentación. Aunque el lucro terminó distorsionando esa función altruista, aún es posible encontrar, gratis o a costo asequible, explicaciones más claras que en los libros tradicionales y lecciones más entretenidas que las universitarias.

Anacrónicos, los cursos sobre competencias técnicas siguen proporcionando datos procesables de manera lineal, mecánica o estandarizada, con respuestas predeterminadas. Mientras tanto, las destrezas blandas, como razonamiento moral, enfoque sistémico o liderazgo se tratan como apéndices curriculares, donde memorizan los credos de moda.

No hay espacio para el disenso, la experimentación o el error. Ni siquiera las “bibliotecas de casos” -cuya documentación, por defecto, siempre está incompleta- le abrieron lugar al pensamiento crítico y creativo, pues la interpretación y la conclusión siempre se subordinan a lo que dicten los docentes, quienes regularmente carecen de experiencia relevante en el mundo real.

Ahora, observe lo que refleja el otro bando. Los empresarios se quejan de las deficiencias educativas, pero no implementan prácticas de aprendizaje organizacional, para corregir la negligente o disonante cotidianidad laboral. Tampoco aplican lo que prescriben las consultorías, que se dedican a «copiar y pegar» los diagnósticos y las propuestas que emiten los empleados, a quienes previamente habrán descalificado.

Defraudando a la tecnología colaborativa, hemos normalizado los señalamientos, los teléfonos rotos y las prisiones mentales, limitándonos a seguir órdenes de superiores o programas que automatizan estos vicios. Nada mejora, y tanto universidades como empresas esconden su mala calidad comprando acreditaciones.

Estos entes, mediocres, se resisten a entender que, aunque la mayoría de sus discípulos sepa hacer caso (o fingir que lo hace), las nuevas generaciones de personas e IA son tan preguntonas y «contestatarias» que podrían evidenciar instantáneamente sus consabidas ignorancias e incoherencias.

Bajemos la «soberbIA» del pedestal. Muchos docentes no preparan las clases, delegan sus responsabilidades a monitores y desatienden a los estudiantes que más apoyo necesitan (esto lo confunden con manipular las notas). Y los directivos empresariales también perjuran tener la verdad absoluta, y ostentar la facultad de que sus fallos pasarán inadvertidos.

Como ejemplo de podredumbre tecnócrata, sin capacidad para formular preguntas o soluciones inéditas, el Banco de la República subsidia a los bancos y otorga privilegios a sus funcionarios, pero no patrocina los derechos de los colombianos. Para superar las restricciones fiscales, otra opción es que los fondos de pensiones inviertan en capital humano y social: no exclusivamente en acero y cemento.

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