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Analistas 26/05/2026

Transmisión apagada

Simón Gaviria Muñoz
Exdirector de Planeación Nacional
La República Más

Colombia sigue atrapada en una discusión energética propia del siglo pasado. El debate público gira obsesivamente alrededor de la generación: si construir más solares, más eólicas, más térmicas o hidroeléctricas. Sin embargo, el verdadero cuello de botella de la expansión energética ya no es producir electricidad, sino transportarla. Hoy existen recursos, capital y tecnología suficientes para ampliar la generación; lo verdaderamente escaso son las redes de transmisión. Es una inmensa oportunidad que no solo está siendo desaprovechada, sino que puede causar racionamiento de energía este año. ¿Dónde está la Upme?

El mundo está entrando en una era de electrificación masiva. La inteligencia artificial, los centros de datos, la movilidad eléctrica, el hidrógeno verde y la relocalización industrial están disparando la demanda energética global. La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico mundial crecerá más rápido en esta década que en cualquier momento de la historia. El problema es que la infraestructura de transmisión no está creciendo al mismo ritmo.

Colombia enfrenta exactamente esa paradoja. El país cuenta con recursos energéticos abundantes, una de las matrices más limpias del continente y un enorme potencial en energía solar, eólica, hídrica y gas natural. Pero cada vez resulta más difícil evacuar la energía desde los territorios donde se produce hasta los centros donde se consume.

La Guajira es el mejor ejemplo. Allí existe uno de los mejores recursos eólicos del hemisferio occidental, con un potencial que supera ampliamente la demanda nacional. Sin embargo, múltiples proyectos permanecen frenados porque las líneas de transmisión avanzan más lento que la generación. El resultado es absurdo: abundancia energética atrapada por insuficiencia de redes. La transmisión dejó de ser una infraestructura secundaria; hoy es el sistema circulatorio de la economía moderna.

Aun así, seguimos pensando el sistema eléctrico desde una lógica nacional, cuando el futuro será regional. La interconexión con Ecuador sigue siendo limitada frente al potencial complementario entre ambos sistemas. Con Panamá ocurre algo aún más frustrante. La conexión eléctrica lleva décadas atrapada entre discusiones regulatorias, ambientales y políticas. Mientras el Siepac ya conecta a seis países centroamericanos mediante más de 1.800 kilómetros de líneas regionales, Colombia continúa aislada del mercado eléctrico centroamericano.

La conexión con Venezuela es quizá la oportunidad más subestimada de todas. Una recuperación gradual de su infraestructura eléctrica podría convertir la integración energética binacional en uno de los proyectos más importantes de Suramérica. Colombia podría desempeñar un papel clave de respaldo y estabilización mientras Venezuela recupera confiabilidad.

Paradójicamente, Colombia fue pionera regional en entender la importancia de la transmisión eléctrica. Pero hoy corre el riesgo de quedarse rezagada. La transición energética no fracasará por falta de paneles solares ni de turbinas eólicas. Fracasará por falta de redes, permisos, interconexión y capacidad de coordinación estatal. Los países que entiendan esto primero no solo tendrán energía más barata y sistemas más resilientes, sino que tendrán más industria, más inversión, más inteligencia artificial y mayor poder geopolítico.

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