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Cada vez que un rector o un docente entra a un salón de clases hoy, se enfrenta a un reto: los estudiantes tienen más dificultad para sostener la atención que hace una década. Esta realidad, que ya han visto padres y educadores, es una tendencia que se está midiendo.
En octubre de 2025, los investigadores David Figlio y Umut Özek publicaron a través del National Bureau of Economic Research (Nber) el primer estudio causal sobre los efectos de una prohibición estatal de celulares en escuelas, usando datos de Florida.
Sus hallazgos son precisos: en el primer año de la prohibición, las suspensiones escolares aumentaron cerca de un 25% respecto al año anterior. Retirar el celular genera fricción, claramente. Pero en el segundo año, los puntajes de prueba mejoraron entre 1 y 1,4 percentiles en lectura y matemáticas, especialmente en bachillerato, y las ausencias injustificadas cayeron de forma significativa.
Un segundo estudio del Nber, coordinado por investigadores de Stanford, Duke, Penn y Michigan y publicado en mayo de 2026, analizó más de 40.000 instituciones entre 2019 y 2026. Sus conclusiones son más cautelosas: los celulares salieron de las aulas, pero los puntajes no mejoraron de inmediato. Privados del teléfono, los estudiantes encontraron otras distracciones. Aun así, los docentes reportaron aulas más enfocadas y los alumnos, mayor bienestar con el tiempo.
La discusión no es si la tecnología tiene lugar en la educación. Lo tiene, y central. La pregunta es si las instituciones cuentan con la claridad pedagógica para integrarla bien. Prohibir un dispositivo no resuelve eso. Lo que estos estudios revelan no es que la tecnología daña, sino que cuando no hay una decisión consciente detrás de su uso, el aprendizaje cede terreno a la distracción.
Esa pregunta estará sobre la mesa en el Foro Académico Edutechnia 2026.La capacidad de aprender no desapareció. Pero recuperarla exige intención, evidencia y mejores decisiones.
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