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Analistas 27/05/2026

Primera y última vez

Javier Arenas Romero
Director Harmex S.A.
La República Más

La muerte de la sociedad colombiana, tal como la conocimos, será anticipada si la izquierda prolonga su permanencia en el poder. No ha existido, en la historia republicana reciente, un gobierno tan errático y corrupto como el actual. Jamás la figura presidencial había descendido a semejante nivel de desprestigio y descomposición institucional.

Cientos de funcionarios investigados, procesados y condenados representan hoy la fotografía más nítida del fracaso ético, moral y administrativo del socialismo; la evidencia palpable de un proyecto político que prometió redención y terminó sembrando ruina. Hay ideologías que no construyen naciones, simplemente las consumen y esclavizan.

Colombia retrocede en prácticamente todas las calificadoras internacionales y exhibe hoy algunos de los peores indicadores desde finales del siglo XX, particularmente desde la recesión de 1999. En aquella época perdimos el grado de inversión y tardamos más de una década en recuperarlo. Hoy, nuevamente, el irresponsable manejo fiscal nos acerca peligrosamente a convertirnos en un país no confiable.

No es fortuito que quienes exaltan el caos, justifican la desobediencia y romantizan la anarquía sean los mismos que defienden la continuidad del llamado progresismo. El desorden no es un accidente del modelo, es parte de su método. Primero se desacreditan las instituciones, luego se relativizan las reglas y finalmente se culpa a otros por los efectos de las propias decisiones.

Según la Cepal, Colombia registra hoy el mayor deterioro fiscal de América Latina y uno de los más graves de su historia reciente. El déficit fiscal pasó de 2,4% a 3,6% del PIB, y las proyecciones advierten que podría acercarse a 5% al cierre del período presidencial. Se rompió la regla fiscal, se pulverizó la ortodoxia presupuestal y se convirtió el gasto público en una maquinaria de clientelismo y despilfarro.

Los faltantes fiscales son ya de una magnitud alarmante. La deuda pública bordea 65% del PIB y el pago de intereses consume cerca de 5% de toda la producción nacional. En términos simples, se está destinando cada vez más dinero para pagar deuda y cada vez menos a inversión productiva, infraestructura, seguridad, educación o competitividad. La reconstrucción económica no será inmediata ni sencilla; Colombia necesitará años de disciplina fiscal, gobiernos austeros, serios y técnicamente responsables para estabilizar el desafío macroeconómico que hoy deja el Pacto Histórico.

Mientras tanto, el costo de vida se ha disparado hasta convertirse en uno de los más altos entre países de la Ocde. Una realidad especialmente grave, pues la inflación es el impuesto más regresivo: golpea con mayor dureza a los hogares vulnerables, reduce el poder adquisitivo de la clase media y castiga el ahorro de quienes trabajan, mientras otros países de la región avanzan hacia la estabilización y la recuperación.

Con un ataque frontal, ideológico y casi suicida, el Gobierno ha deteriorado las finanzas de Ecopetrol, la empresa más importante del país y durante décadas columna vertebral de los ingresos nacionales. La que alguna vez fue la joya de la corona hoy enfrenta un incremento preocupante de su endeudamiento y una caída estrepitosa de sus utilidades. Lo que antes era símbolo de estabilidad energética y financiera hoy parece convertirse en otra víctima del sectarismo político de izquierda.

A ello se suma un endeudamiento irresponsable a tasas escandalosamente altas, superiores a 13%, incrementando las primas de riesgo y trasladando la carga de esta improvisación a las futuras generaciones.

Como si el deterioro económico no fuera suficiente, el Ejecutivo ha decidido también confrontar al Banco de la República, desconociendo deliberadamente que los desórdenes fiscales inevitablemente afectan la estabilidad monetaria y cambiaria. El banco central, con responsabilidad y rigor técnico, ha tenido que responder mediante ciclos de aumento en las tasas de interés para contener la inflación desbordada.

Por fortuna, el Banco de la República ha preservado su independencia y su credibilidad. Ha honrado los mandatos constitucionales con seriedad institucional y ha demostrado que la estabilidad monetaria no puede quedar sometida a caprichos ideológicos ni a discursos populistas. Las cifras pueden manipularse en los discursos; la realidad económica no.

Y aunque la economía no es una ciencia exacta, los números tienen una brutal honestidad: terminan revelando aquello que la propaganda intenta esconder. Las cifras expuestas pueden revisarse sin fanatismos ni pasiones y conducen inevitablemente a una conclusión incómoda para muchos: el socialismo no representa un modelo sostenible de prosperidad, sino una desviación histórica que suele alimentarse del resentimiento, de la división y de la falsa promesa de igualdad.

Ni el tiempo ni la historia conceden infinitas oportunidades. Como advertía Friedrich Hayek, premio Nobel de economía en 1974: “Si los socialistas entendieran de economía, no serían socialistas”. Estos gobiernos, elegidos democráticamente, agotaron ya toda posibilidad de reivindicación. La historia empieza a dictar su sentencia y Colombia, agotada pero aún en pie, resistió el descalabro, pero no puede permitirse repetirlo. Por eso, esta experiencia debe quedar como una advertencia: que haya sido la primera y la última vez.

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