Magia meliflua

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Pasados tres siglos de publicación de la Fábula de las Abejas (Mandeville, 1714), apenas conmemoramos el II Día Mundial de estos polinizadores (20/05) que simbolizan biodiversidad y seguridad alimentaria. El aguijón de nuestros trucos y pecados por capitales continúa sustentando la caótica modernidad, posverdad e insostenibilidad.

Piense en los prestidigitadores que distraen la atención del público; buscan voluntarios o invitan espectadores para ser asistentes del espectáculo, convirtiéndolos en protagonistas. Paradójicamente, somos conscientes de que pagamos para que nos engañen (y siempre honran esa promesa de valor).

La ilusión de control y sugestión desafían nuestra percepción e intelecto. Aunque nos enseñan que las series de cartas se componen de episodios sin sentido, su destino está predeterminado por una mano aparentemente invisible: las opciones que nos ofrecen, y aquella que creemos haber elegido libremente, están manipuladas.

Quizás pagamos para descubrir al pícaro, esperando justicia. Quizás queremos usurpar su truco para usufructuarlo pues solo algunos elegidos heredan los secretos, previa condición de no revelarlos para mantener la concentración del poder. Quizás queremos que todo siga igual, pues el arquetipo del mago nos seduce.

Desde niños anhelamos súper-poderes para satisfacer deseos, salvar al mundo, o cruzar el límite de lo sobrenatural, pues nos gusta poner a prueba las reglas y anhelamos experimentar metamorfosis. Esta palabra me recuerda a las abejas -tan influyentes en la evolución, como amenazante su extinción-, adaptadas para ilustrar metafóricamente cómo los vicios (particulares) sustentaban la prosperidad (pública), hasta que el fin de los excesos quebró una colmena que disfrutaba los dulces beneficios del fraude, orgullo y despecho; nadie se apropiaba de lo ajeno, los deudores honraban a quien fiaba (sin intereses), y los acreedores absolvían a quienes no podían pagar.

Mandeville representó la causalidad económica usando los pecados capitales; quizás ignoró las virtudes, porque serían objeto de una ciencia o -al menos- un modelo diferente. Parafraseando, el conjunto era “un Paraíso conformado por vicios”, y “la raíz de los males, la avaricia, era esclava del noble pecado de prodigalidad” -aquí recomiendo ver Second Coming (Yeats), y las definiciones de Envidia y Fortuna del Quijote-.

En ese universo el lujo empleaba a los pobres, cuya producción activaba la Envidia y Vanidad, vigentes gracias a la moda que convierte en delito lo que funciona bien. Como por arte de magia, los nobles perdían su trabajo mientras recibían dosis de ese melifluo -alquimista o artificioso- ingrediente denominado jerga.

Tantos vicios estimulan nuestro ingenio, y somos adictos. Nos endulzamos con deudas ansiolíticas, que temporalmente hacen tolerables las carencias, relativizando nuestra celda hexagonal aunque la colmena se maximiza (Pappus); es la naturaleza de la abeja obrera, aunque el desempleo moderno invita a reflexionar: “When was ever honey made with one bee in a hive?” (Thomas Hood, poeta y humorista británico).

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