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Analistas 04/11/2021

¡El trabajo es un mal!

Germán Eduardo Vargas
Catedrático/Columnista

El trabajo no está bien, y tampoco es un «bien». Dado que la desocupación atenta contra la dignidad, la cesación podría aprovecharse si la educación para el trabajo y el desarrollo humano fueran gratuitas durante toda la vida. Convengamos en que no hay novedad en estas declaraciones, pero tendrán más credibilidad gracias al Nobel de Economía 2021.

Aunque debería ser positivo que los empleados sintieran que no están trabajando, en Colombia la informalidad representa 47%, los ingresos de 52% de la población económicamente activa son inferiores al mínimo legal, y 64% de las cabezas de familia no puede comprar artículos de primera necesidad. En consecuencia, 72% de los hogares es pobre o vulnerable, y la mayoría cualificada está sometida a vejaciones o chantajes.

Además de las carencias económicas, que atentan contra el bienestar, hay demasiados abusos en diversos frentes que inducen al malestar. Por ejemplo, el país impone una de las jornadas laborales más agresivas de la Ocde; en la comparación regional, Argentina registra en promedio 35 horas semanales, y Chile 30.

Queda claro que el colombiano no es tan vago como parece, pues no se deja seducir tan fácilmente por la tentación de tirar la toalla, pues el déficit en el balance vida-trabajo no justifica su obcecado sacrificio. Por otra parte, la productividad laboral es un enigma en la era moderna, aunque podemos convenir que una medición razonable tampoco nos dejaría bien parados.

Entretanto, el excluyente mercado laboral fomenta la competencia desleal para conseguir un trabajo, y su precariedad ha incentivado la ocupación (complementaria) en actividades delictivas. Finalmente, los sindicatos sólo piensan en el incremento del salario para una minoría privilegiada, que tiene empleo, y abandonan a los demás.

El nuevo Nobel de Economía debería ampliar sus perspectivas, pues demuestra que «el trabajo no es un bien», y tampoco deben pagarse salarios de hambre con la excusa de que así incrementarán la demanda de recurso humano. Invalidado ese axioma de la economía del salario, la Comisión Permanente de Concertación de Políticas Salariales y Laborales debería garantizar a cada ciudadano -independientemente de si está o no empleado-, recursos y condiciones mínimas para propiciar su bienestar, desarrollo y productividad: vivienda, alimentación, salud, educación y emprendimiento.

Eliminen los modelos de valoración y compensación de cargos, que incorporan asimetrías absurdas e incoherentes. Y, además del salario mínimo, regulen el salario máximo para generar equidad social y equilibrar la competencia empresarial: que los factores de atracción y fidelización de talento sean el orgullo, la satisfacción y la gratitud, entre otros intangibles.

En varias ligas menores norteamericanas adoptaron esquemas progresistas; los contratos son estándar, y usualmente pagan lo mismo a cada jugador (de otro modo aplican «impuestos al lujo»). Aquí, incluso les propongo idear un esquema de «descenso» entre las empresas más poderosas, y de «ascenso» desde las divisiones «inferiores», otorgándoles recursos para reconocer y fortalecer su buen desempeño.

Ideas para realizar experimentos naturales; dado que la mesa tripartita es incapaz de justificar su existencia, ojalá esa famosa Misión de Empleo demuestre innovación y ambición. No más fiascos.