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Culpa de todos

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Germán Bolívar-Blanco Analista y consultor

Las movilizaciones siempre han estado incursas en la historia de la cultura como síntoma de la necesidad de cambios en el manejo de las sociedades, dentro de las cuales destaco aquellas que han señalado en la dirección de mejorar las estructuras y organizaciones que las sustentan en una sana evolución, al estar entroncadas con el sistema que las ordena y les confiere poder conforme a principios y valores debidamente alineados, donde la ganancia final queda para todos y así las instituciones se fortalecen.

De ahí los países han tenido manifestaciones pacíficas que contribuyen en ese propósito en sociedades con institucionalidad sólida, pero también antaño hubo protestas y enfrentamientos violentos que significaron en 1789 la revolución francesa que terminó con la monarquía absolutista y los privilegios de los nobles e instauró junto a Estados Unidos con su independencia del Reino Unido en 1787, la democracia como se conoce hoy. Igual puede considerarse la revolución bolchevique de Rusia en 1917 que derrocó el régimen zarista imperial y proclamó el comunismo, junto a la revolución cubana de 1959; sistema desvirtuado con la caída del muro de Berlín hace treinta años, pero aún América Latina vive de espalda a esta realidad, frente a la nefasta influencia de Cuba en la región.

Al respecto tristemente olvidamos marchas sentidas como las realizadas en contra de las atrocidades de las Farc en 2008, la primera en ser convocada exitosamente por redes sociales, junto a la realizada en 2016 en contra de los amañados acuerdos de la Habana, sin que nunca estas hubieran recaído en actos vandálicos como sucede con las realizadas por otras causas, siendo sucesos impuestos más por moda, aunados a fines politiqueros y personalistas, que tristemente en nada contribuyen al desarrollo económico y social.

Reconozco que vivimos en un país con profundos desequilibrios sociales y está inmerso en una abismante inequidad, que no son el resultado de las políticas del gobierno actual sino que son el cúmulo o fardo que nos corresponde cargar y solucionar como herencia de décadas de errores, donde claro está se necesita que todos nos comprometamos, no simplemente mediante actos retardatarios y anarquistas que evocan al desprestigiado comunismo, el querer generalizar la pobreza tras élites privilegiadas corruptas, como en Cuba y Venezuela, o contrariamente humanizamos el capitalismo para enriquecer las mayorías con reformas fundamentadas en educación e inversión, la base sólida para su proyección y consolidación como sucede en países de avanzada.

De ahí en las circunstancias actuales la culpa de la crisis es de todos y por eso debemos actuar al unísono para solucionar los enormes problemas que afrontamos, donde la gran revolución a realizar es la de la ciudadanía válida nutrida por reformas disruptivas que le den ánimo y vigor a la fenecida cátedra de urbanidad, que alimente liderazgos positivos con compromiso real y sincero por el país, porque la falla de ahora proviene de una democracia débil sin valores cívicos. Así que todos debemos educar en ciudadanía y cambiar la concepción del tema a algunos educadores, más perdidos que nunca en pedagogía patriótica.

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