¿Qué hacer con los millones de desempleados de las zonas rurales?
Está entrando en ebullición un caldo de cultivo para los agitadores empeñados en incendiar buses, destruir almacenes y saquear tiendas. Es solo cuestión de tiempo para que veamos las asonadas y revueltas que ya tuvieron sus ensayos en marchas campesinas y protestas indígenas. Son agitadores que aprovechan la situación para capitalizar sentimientos generalizados de frustración, por la crítica situación económica, y reclutar a los inconformes.

Tradicionalmente, los agricultores tienen dificultades para llevar sus cosechas al mercado por la insuficiencia de vías de comunicación que los saquen del aislamiento. Una proporción vergonzosamente alta de las cosechas se pierde por falta o mal estado de los caminos rurales.

Es un problema que desanima al productor y favorece al intermediario, pues las utilidades no llegan ni al cultivador ni al consumidor que termina cargando con los fletes elevados. Si a esto se agregan las condiciones impuestas por el intermediario, tenemos una visión desconsoladora del mercado de productos agrícolas. Pero la coyuntura actual nos ofrece la oportunidad de ensayar una solución que no tiene pierde.

Un proyecto masivo para aumentar y reparar los caminos vecinales causa efectos instantáneos. Cambia la primera fase de la distribución de alimentos con efectos inmediatos sobre los precios; aumenta la competencia de los transportadores, desde el que todavía usa el burro hasta el que encuentra carga para su tractomula; acaba con el abuso de los monopolizadores de las compras; alarga la vida de los productos perecederos y tiene efectos benéficos sobre la vida de la comunidad en general; desembotella el sector rural con efecto inmediato sobre el empleo, porque los caminos rurales no requieren uso intensivo de maquinaria, como las avenida y calles de las ciudades o las carreteras y autopistas del plan nacional, sino herramientas rudimentarias.

Tampoco exigen diseños sofisticados para iniciar obras, pues utilizan personal de la zona, conocedor del terreno y sin ninguna calificación. Todo esto facilita una rápida celebración de los contratos y hace expedito su control, con auditorias de la región y vigilancia de las comunidades interesadas en su correcta ejecución.

La buena comunicación entre el surco y el supermercado es una necesidad sentida desde hace décadas, vehementemente reclamada por el campo y apreciada por los consumidores urbanos. Darle el gran impulso, en especial en la coyuntura que vivimos, comprometería al país en una política distinta al agrarismo, que estuvo de moda en México, contenido en El Plan de Ayala, que tanto le gustaba a “ mi general Emiliano Zapata”.