Acosados por la escasez de divisas para mantener equilibrada una balanza comercial adecuada a nuestras necesidades de crecimiento económico, se popularizó una frase que sintetizaba las mayores urgencias de la economía colombiana, al comenzar la segunda mitad de siglo pasado: exportar o morir. Impactante y cierta.

La balanza mostraba una dramática descompensación. Las disponibilidades de divisas dependían de las ventas de café en el exterior y el mundo económico vivía pendiente de los precios del grano. Los dólares escasos obligaban a imponer un rígido control de cambios, dentro del cual subsistía una industria necesitada de ellos para importar maquinaria, reponer la que caía en una obsolescencia inevitable y atender el abastecimiento de materias primas venidas del exterior.

El sector productivo dependía de la monoexportación y, por supuesto, también la política monetaria.

El panorama mejoró sustancialmente, y en estos principios del nuevo siglo, gozamos de una situación completamente distinta, con exportaciones diversificadas, bonanza de las menores, holgura en el mercado petrolero y hasta superávits comerciales.

El café conservó una gran importancia pero ya no se habló de monoexportación. Exportar o morir pasó al recuerdo. Las devaluaciones del peso no se habían hecho esperar, como era inevitable en un país de 17 millones de habitantes, que exportaba US$464,6 millones. O sea, un ingreso per cápita anual de US$27,3 por este concepto.

Al modificarse las condiciones, productores y consumidores respiraron sin las angustias y los azares propios del control de cambios. Hasta apareció un dólar supuestamente libre cotizándose en la calle a precios inferiores al oficial.

Con este giro tonificante, el país pudo navegar lo que de otra manera habrían sido crisis muy costosas y cumplir sus obligaciones con puntualidad escrupulosa. Nos comportamos como unos deudores ejemplares, lo cual nos habilitaba entonces, y ahora también, para recibir el trato preferencial que merecen los cumplidos para seguir cumpliendo.

La coyuntura actual presenta otras características, algunas que vienen de tiempo atrás, otras nuevas, unas leves otras graves, todas agudizadas por la pandemia. Los países las ven crecer sin encontrar diques que las detengan porque, cuando el mal ataca, la atención de enfermos, la prevención de contagios y la multiplicación de víctimas acaparan la atención de los gobernantes y absorben los recursos.

Obligadas a moverse en ese panorama tan complejo, el comportamiento de nuestras balanzas comercial y de pagos hace rato está enviando señales de alerta temprana.

En 2017 tuvimos exportaciones por US$37.800 millones e importaciones por US$56.975 millones; en 2018, importaciones de US$51.830 millones y exportaciones US$41.831 millones; y en 2019, importaciones por US$52.702 millones y exportaciones de US$39.460 millones. El mensaje es de una claridad meridiana: la segunda oleada de la pandemia, que los expertos vaticinan interminable, exige una proyección preventiva, que suponemos está diseñada y se ajusta día a día. ¿Existe?

Sería muy saludable que el público conociera las líneas de acción previstas, para ir formando el consenso nacional que será necesario cuando resulte inevitable ponerlas en práctica.