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A comienzos de los años 80, Tadashi Yanai heredó una tienda modesta en Hiroshima. No tenía grandes recursos ni un mercado gigantesco. Tenía algo más valioso: la obsesión de crear productos de calidad internacional a precios competitivos, entendiendo mejor que nadie qué valor buscaba el consumidor global. Esa convicción —la disciplina por ofrecer estándar mundial desde un negocio pequeño— convirtió a su tienda en Uniqlo, hoy una multinacional con presencia en más de 20 países.
Esa historia es crucial porque recuerda que no se necesita ser grande para pensar como grande. Lo que transforma un país no es el número de “grandes empresas”, sino la cantidad de pequeñas que adoptan estándares globales y mentalidad expansiva. Colombia está justamente en ese punto: decidir si seguirá siendo un país donde la aspiración dominante es “conseguir un buen empleo”, o si se convertirá —por fin— en una nación de empresarios capaces de competir, innovar y exportar al mundo.
1. Muchas empresas, pero muy pocas exportan
Colombia tiene alrededor de 1,7 millones de empresas formales, pero el reto no es cuántas son, sino cuán sofisticadas y competitivas pueden llegar a ser. Solo unas 10.000 exportan: apenas el 0,5% del tejido empresarial logra entrar y mantenerse en mercados internacionales, uno de los niveles más bajos de la región. Exportar exige productividad, estándares, innovación y escala. Sin esa sofisticación, la economía pierde sus motores de crecimiento sostenido.
La comparación es clara: México exporta cerca del 73% de su PIB, Chile alrededor del 33%. Colombia apenas ~16%, concentrado en pocas grandes empresas. Mientras otros países abren mercados, seguimos mirando hacia adentro. Sin un cambio de enfoque, el crecimiento seguirá estancado.
2. Crear una empresa sigue siendo demasiado complejo
Los países que han dado saltos en productividad lo hicieron reduciendo la fricción para emprender.
En Estonia, crear una empresa toma 3,5 días y todo es digital. En Colombia, entre Cámara de Comercio, DIAN, facturación electrónica y permisos básicos, el proceso tarda entre 8 y 10 días hábiles, sin incluir los trámites municipales o sectoriales. Y ahí es donde se traba aún más: en Bogotá, los permisos pueden tomar hasta 45 días, mientras que en Medellín oscilan entre 15 y 30.
La diferencia no es de días. Es de filosofía. Estonia eliminó la fricción porque entendió que cada hora perdida en un trámite es una hora que no se invierte en innovar, vender o contratar.
3. ¿Cómo construyen ecosistemas los países que atraen emprendedores globales?
Tres países medianos ofrecen lecciones útiles para Colombia en este sentido: Chile mostró que atraer talento es posible con capital semilla, visas ágiles y una comunidad global. Portugal convirtió a Lisboa en un hub digital con la “Tech Visa”, incentivos tributarios y alianzas público-privadas. Estonia fue más lejos: su e-Residency permite crear y operar empresas 100% digitales desde cualquier país.
Colombia tiene creatividad y potencial, pero carece de una estrategia nacional para atraer emprendimiento global. Para avanzar, necesita visas para emprendedores, reglas tributarias predecibles, ventanilla única efectiva y estabilidad regulatoria.
4. La brecha más grande: financiamiento productivo
El crédito pyme en Colombia sigue siendo caro, de corto plazo, centrado casi únicamente en garantías reales y limitado para empresas jóvenes o innovadoras.
Mientras tanto, otras economías impulsan su tejido empresarial con arquitecturas financieras modernas. Estados Unidos, a través del SBA, garantiza entre 75% y 90% de los créditos, y además ofrece asesoría, mentoría y desarrollo empresarial integrados. Canadá, mediante la BDC, combina financiamiento, digitalización y capital de riesgo público-privado. Corea del Sur financia innovación e integra a las pymes en cadenas globales. Y Singapur cofinancia exportación y tecnología con instrumentos simples.
Colombia necesita un sistema nacional de garantías —no programas dispersos— y crédito de largo plazo orientado a productividad. La brecha es aún mayor en las zonas rurales. Perú y Chile la cerraron mediante cajas municipales y rurales: instituciones modernas, territoriales y con tasas de morosidad comparables —e incluso menores— que la banca tradicional. Colombia no cuenta con nada parecido, y esa ausencia limita el desarrollo productivo regional.
5. El frente ignorado: emprendimiento rural y cooperativas modernas
No podemos hablar de una “nación de empresarios” si excluimos al campo. La ruralidad es casi un tercio del país, pero recibe menos del 10% del apoyo al emprendimiento.
En la región ya funcionan cooperativas de nueva generación, con gobernanza profesional, valor agregado y foco en mercados globales. En Perú, modelos impulsados por Socodevi, Desjardins y experiencias como Shared-X muestran que asociaciones rurales pueden producir cacao, café y orgánicos competitivos para cadenas internacionales.
Colombia debe abrir esta conversación: cooperativas modernas con tecnología, valor agregado, financiamiento adecuado y acceso a mercados. Este capítulo no puede seguir ignorándose.
6. La agenda para un verdadero país de empresarios
El próximo gobierno debe tomar cinco decisiones clave:
1) Simplificar trámites con tiempos obligatorios y una ventanilla única real;
2) Crear un sistema nacional de garantías tipo SBA;
3) Atraer startups y talento global con visas ágiles y tributación inteligente;
4) Digitalizar masivamente a las pymes;
5) Potenciar el emprendimiento rural mediante cooperativas modernas y cajas municipales que fortalezcan el desarrollo productivo territorial.
El momento de decidir: un llamado al próximo gobierno
Tadashi Yanai no transformó Japón: transformó la mentalidad de miles de emprendedores que lo siguieron. Colombia puede hacer lo mismo y convertirse en un país que crea empresas, compite, exporta e innova desde cada región. Esto no depende solo del próximo gobierno: depende de todos.
Pero el nuevo gobierno sí debe tomar decisiones que abran el camino. Tiene una responsabilidad histórica: abandonar el modelo de país de empleados y habilitar un país de empresarios. ¿Cómo? Con reformas reales: trámites simples, crédito productivo garantizado, atracción de startups globales, digitalización masiva de pymes y una ruralidad moderna. Ese es el futuro que Colombia merece.
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