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Hace unos días, en una conversación con colegas diplomáticos en Bogotá, alguien planteó una pregunta que pareció sencilla, pero que se quedó rondando en el aire: ¿cuántos países del mundo pueden decir, con honestidad, que tienen un solo socio estratégico que les funcione? La respuesta, claro, es ninguno. Y, sin embargo, Colombia lleva décadas construyendo su política exterior como si esa fuera la única opción razonable.
Con Estados Unidos tenemos una relación que no se puede ni se debe ignorar. Es estructural, es histórica y es recíproca. Los lazos comerciales son sólidos: Estados Unidos sigue siendo nuestro principal destino de exportaciones y una de las fuentes más importantes de inversión extranjera directa. La diáspora colombiana en ese país —más de dos millones de personas— es un puente vivo de cultura, de remesas y de afecto. En materia de seguridad y cooperación, la interdependencia es real, para bien y para mal. Nada de esto va a cambiar con el próximo gobierno, ni debería cambiar. La relación con Washington es un activo estratégico que vale la pena cuidar con inteligencia y con respeto mutuo.
Pero cuidar no es depender. Y aquí está el matiz que Colombia necesita aprender a manejar con más habilidad en los próximos años.
El siglo XXI no es bipolar ni unipolar. Es un mundo donde los países que prosperan son los que mantienen múltiples relaciones sólidas al mismo tiempo, sin que ninguna los capture por completo. Singapur lo entendió hace décadas. Vietnam lo está ejecutando hoy con una maestría que asombra. Indonesia construye vínculos firmes con Washington, Pekín, Bruselas y Tokio —y no renuncia a ninguno por complacer a otro—. No es cinismo diplomático. Es racionalidad estratégica en un mundo genuinamente multipolar.
Colombia tiene todo para hacer lo mismo. El Sudeste Asiático es hoy una de las regiones más dinámicas del planeta, con mercados que crecen y una demanda enorme de lo que Colombia produce: café, cacao, flores, aguacate, energías limpias, talento creativo. Europa sigue siendo un socio natural en gobernanza y transición verde. Y América Latina sigue siendo el vecindario donde Colombia tiene más que ganar siendo un actor constructivo y confiable.
Ninguna de estas relaciones exige traicionar la otra. Esa es la falacia que a veces se instala en el debate: que ampliar el círculo de socios debilita los vínculos que ya tenemos. No es así. Diversificar no es abandonar: es crecer. Es la señal de un país que ha madurado lo suficiente como para relacionarse con el mundo desde sus propios intereses, con generosidad y con visión de largo plazo.
La relación con Washington debe seguir siendo privilegiada. No es una relación más: es la más densa, la más antigua y la que más consecuencias tiene para nuestra economía y nuestra seguridad. Construida sobre lo que ya existe —el comercio, la gente, la historia compartida— y proyectada hacia lo que puede ser: una asociación entre países que se respetan y que tienen mucho más por construir juntos. Pero, precisamente porque es tan importante, merece ser gestionada con madurez estratégica, no con dependencia refleja. Una Colombia que diversifica sus vínculos, que habla con más actores y que llega a Washington con agenda propia es, paradójicamente, un socio más valioso y más respetado.
Lo que Colombia necesita es la capacidad de tejer relaciones con paciencia y continuidad, con la convicción de que la amistad entre naciones, como la amistad entre personas, no se construye de la noche a la mañana. Se cultiva con presencia, con coherencia y con la voluntad genuina de que al otro le vaya bien también.
Y para eso hace falta algo que Colombia ha tenido dificultades históricas para construir: una estrategia de política exterior que trascienda los gobiernos. No una doctrina rígida, sino una visión compartida sobre el lugar que queremos ocupar en el mundo en 2040 o en 2050. Un país de 52 millones de personas, con biodiversidad sin par, con una posición geográfica privilegiada entre el Atlántico y el Pacífico, con un tejido empresarial que innova y compite, y con una generación joven que tiene talento, energía y una creatividad que ya está siendo reconocida en Silicon Valley, en Ginebra y en Seúl. Ese potencial no se activa solo. Ocurre cuando hay una apuesta deliberada y sostenida entre gobiernos, sectores y generaciones.
El próximo gobierno heredará desafíos enormes. Pero también heredará un momento único: el mundo está redibujando sus alianzas y sus apuestas de futuro. Colombia puede entrar a ese mundo con confianza, sumando amistades, demostrando que ser un país abierto, generoso y estratégico no son cosas que se contradicen.
Ese es el país que podemos ser. Y todavía estamos a tiempo de serlo.
Los problemas que hoy enfrenta el país no obedecen a la Constitución
No obstante, hay 1,6 millones de votos de Paloma, 1 millón de Sergio Fajardo, 200.000 de Claudia López y 200.000 de Santiago Botero, los cuales determinarán la suerte de las elecciones