Analistas

Los zapatos de la gente

Los meses que le quedan al Presidente Santos serán tortuosos. A pesar de no ser actualmente un “lame duck” -anglicismo utilizado para referirse a los mandatarios cuyo sucesor ya ha sido elegido-, el país ya lo ve así. A los escándalos de corrupción confesados por allegados se le suma su incapacidad para conectarse con la gente.

Santos es un presidente totalmente atípico pues nunca había tenido un cargo de elección popular; tampoco, ha sabido entender la idiosincrasia del pueblo colombiano, ni ha tenido sintonía con este. Su poca popularidad es un reflejo de esta realidad. Un importante economista alguna vez me dijo que “el verdadero sueño de Santos era haber sido primer ministro inglés”. Tristemente, esto es algo que el país le nota. Pocos dudan de que se radicará en Londres a partir del 7 de agosto de 2018.  

Las últimas encuestas lo ponen en niveles históricos de desaprobación pese a haber recibido el galardón más prestigioso del planeta. El Nobel, extrañamente, no mejoró su imagen e incluso, sin saber si existe correlación, ha empeorado desde que fue premiado. 

¿Qué pasó?, ¿por qué un primer mandatario tan preparado como pocos y fogueado en todo tipo de escenarios terminaría su presidencia contando los días para irse? Su falta de inteligencia emocional y de empatía con los ciudadanos es la principal causa.

Hace algunos años, leí en “The Atlantic” un interesante artículo en el que se mencionaba que líderes como Martin Luther King tienen una gran capacidad para “reconocer, entender y administrar las emociones”, tanto las propias como las de sus seguidores. En este se argumentaba que el famoso discurso a favor de los derechos de los afros, en el que hablaba de su “sueño”, estaba cargado de sentimientos y de una profunda comprensión de las necesidades de su pueblo.

Para saber lo que siente la gente es necesario ponerse en sus zapatos y eso es algo que el presidente nunca logró hacer. Detalles insignificantes pero profundamente simbólicos como la teatral foto en calzoncillos en una vivienda de interés social, demuestran su incapacidad de comprender al colombiano de a pie.

Algunos estudios han demostrado que el coeficiente intelectual -estoy seguro de que el de Santos es muy alto- no se puede cambiar. Por el contrario, la inteligencia emocional y la empatía son habilidades que con esfuerzo se pueden adquirir y mejorar. Y no se trata de gobernar solamente para complacer, sino de entender qué sienten los colombianos con el propósito de tomar medidas en pro de tales necesidades.

La arrogancia que conlleva el poder dificulta aún más esta capacidad de entender al otro. El poderoso cree que tiene la razón y escucha a la gente pero no la comprende. Sus firmes  convicciones de que es lo que se debe hacer imposibilitan conectarse con los gobernados. Esta es una trampa fatal. Se necesita mucha humildad para aceptar que otros pueden saber más que uno y que el obrero que no terminó la primaria, por ejemplo, podría tener más claridad acerca de cómo solucionar un problema cotidiano.

Para el Presidente ya es tarde. No lo hizo en su momento y ahora está pagando las consecuencias, lo cual se refleja en unos índices de aprobación deplorables. En el mundo han existido líderes que lograron ponerse en los zapatos de su gente; personas que decidieron gobernar con moderación al saber que para ser verdaderos estadistas, se debe reconocer que nadie conoce mejor sus problemas que el mismo pueblo. Importante lección para todos los que aspiran gobernar un país.