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Analistas 12/03/2026

¿Atolladero sangriento?

Eric Tremolada
Dr. En Derecho Internacional y relaciones Int.

A la luz del derecho internacional, la guerra que están librando Estados Unidos e Israel contra Irán, con la anuencia o colaboración de sus socios, nos llevaría a señalar que los involucrados -unos de forma más directa que otros- serían responsables de irrespetar obligaciones internacionales. Así, para no desgastarnos en lo obvio y entender por qué asumen estos ilícitos internacionales, preguntémonos por los beneficios tácticos inmediatos, las estrategias que persiguen y las pérdidas humanas que tolerarán.

En términos estrictamente militares y políticos de corto plazo, los agresores serán los actores con mayores ganancias operativas. Las acciones emprendidas evidencian una degradación militar de Irán: su capacidad para lanzar misiles contra Israel, el estrecho de Ormuz y/o el golfo Pérsico ha disminuido sustancialmente con la destrucción sistemática de sus lanzadores, camiones y bases.

A nivel político, el éxito fue temprano porque eliminaron al líder supremo Alí Jamenei, abriendo camino a lo que Trump considera como una “oportunidad única en generaciones”, para que el “pueblo iraní” tome el control de su gobierno.

El impacto humanitario, la estabilidad regional y la diplomacia son la otra cara de la moneda. Irán, como Estado y población, enfrenta una “prueba existencial”. Sus instalaciones estratégicas en las montañas han sido bloqueadas, convirtiéndolas en “tumbas” para quienes están dentro. Las tragedias civiles que ya vivían con el régimen que está cayendo y las que surgen con la guerra, como la muerte de 168 niñas, señalan que la población, antes y durante, no ha sido una preocupación de parte y parte.

La estabilidad regional está en juego. Dubái, Doha, Bahréin y Kuwait han sufrido ataques de represalia iraníes; el precio del petróleo ha registrado subidas históricas ante la amenaza de un cierre total de la producción en el golfo, y la diplomacia ha sido menospreciada justo cuando mediadores regionales, como Omán, afirmaban que un acuerdo de paz estaba cerca. Socavar años de esfuerzos negociadores por parte de Trump no es nuevo; de ahí que en su primer gobierno desconociera el Jcpoa (2015), que establecía límites al programa nuclear iraní a cambio de levantar sanciones económicas, virlando el compromiso avalado por Reino Unido, Francia, Alemania, China y Rusia. En un conflicto incierto como este, la resolución final estará entre el cambio de régimen y el “atolladero”. La rendición y el cambio que persiguen EE.UU. e Israel no dependen de los bombardeos, sino de la lealtad de las Fuerzas Armadas iraníes, que parecerían querer cerrar filas mientras logran escalar al máximo el conflicto para exportar la guerra a toda la región, aumentando el costo económico y político de los agresores, con miras a obligarlos a retroceder antes de que el gobierno interno colapse. ¿Estamos presenciando el inicio de una “nueva y larga guerra” que, como las que venimos viviendo en los últimos tiempos, no son más que atolladeros sangrientos? En 2015, Philip Gordon, diplomático y asesor de seguridad americano, resumía las intervenciones de su país: “En Irak, intervino y ocupó el país, y el resultado fue un desastre muy costoso. En Libia, Estados Unidos intervino, pero no ocupó el país, y el resultado fue un desastre muy costoso. En Siria, Estados Unidos no intervino ni ocupó el país, y el resultado es un desastre muy costoso”.

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