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Hay momentos que parecen unir a la humanidad. Ver despegar una nave rumbo a la Luna tiene algo casi infantil, pues nos recuerda que somos pequeños, frágiles y, en teoría, iguales bajo el mismo cielo.
El 1 de abril vi el lanzamiento de Artemis II. El cohete SLS despegó del Kennedy Space Center y me quedé quieta un momento, maravillada, asombrada, porque estaba presenciando el momento en el que cuatro astronautas iban rumbo al lado oscuro de la Luna, más lejos de la Tierra que cualquier ser humano desde 1972.
Quise dejarme llevar por la emoción, pero me duró poco, pues empecé a preguntarme: ¿por qué volveríamos a la Luna?
Artemis II no es un poema sobre la humanidad. Es, sobre todo, un mensaje político. El administrador de la Nasa, Jared Isaacman, dijo textualmente en una entrevista para The New York Times: “Esta vez el objetivo no son banderas y huellas. Esta vez el objetivo es quedarse”.
La Nasa ya no habla de visitas. Habla de permanencia: bases, misiones recurrentes cada seis meses, operaciones sostenidas. La Luna dejó de ser un territorio simbólico. Ahora es territorio estratégico. Y los territorios estratégicos siempre tienen una verdad incómoda detrás: la posibilidad de encontrar nuevos recursos.
En el polo sur lunar hay agua congelada, hidrógeno, helio-3. No es metáfora ni ciencia ficción: es el inventario de lo que ya están tasando. El helio-3 se considera el “combustible del futuro” para la fusión nuclear, una fuente de energía limpia y poderosa cuya explotación podría representar una revolución en la producción de energía a nivel global. Entre 2028 y 2037, la startup Interlune planea vender hasta 10.000 litros anuales a un precio estimado de US$2.500 por litro.
La exploración lunar no es solo ciencia. Es economía. Es poder. Es el mismo extractivismo de siempre, pero con mejor combustible. “El retorno del ser humano al satélite de la Tierra no obedece a fines románticos o de exploración: hay una carrera entre superpotencias para extraer minerales y tierras raras”, escriben ya sin pudor algunos analistas, y estoy de acuerdo. Apolo tampoco fue altruismo: fue la Guerra Fría en su esplendor, midiendo potencias. Pero al menos entonces la narrativa tenía pudor. Hoy, en la era de la información, esa narrativa altruista es solo para unos cautos.
Del otro lado, según el Seoul Economic Daily, China planea este año ser el primer país en confirmar la existencia de agua en el polo sur lunar y apunta a tener taikonautas en la superficie antes de 2030. El propio Isaacman admitió en la misma entrevista del Times: “La historia reciente sugiere que nosotros podríamos llegar tarde”. Ya no se trata de explorar. Se trata de no perder la carrera.
En América Latina conocemos bien esa historia de colonización: territorios sin ley aparente que, de repente, tienen dueño. Recursos que “no eran de nadie” hasta que alguien llegó con la tecnología y el músculo para reclamarlos. En la Luna no existe hoy una regulación internacional clara, lo que abre la puerta a que quien construya primero su reactor nuclear pueda potencialmente declarar una zona de exclusión para los demás. Colonialismo, pero sin tener que llamarlo así.
El que llega primero pone las reglas. Siempre ha sido así. Y nosotros, desde este lado del mundo, sabemos mejor que nadie lo que significa llegar segundo.
Artemis II emociona. Y debería. Pero también debería incomodar, porque nos obliga a una pregunta más profunda: ¿la Luna, el universo más allá de la Tierra, es realmente nuestra? ¿Desde cuándo? ¿Con qué derecho? Quizás el problema no es la carrera espacial.
Quizás el problema es que seguimos siendo los mismos en cualquier frontera, capaces de lo más extraordinario y, al mismo tiempo, incapaces de dejar de pensar solo en nosotros mismos. Egoterrícolas.
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