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Analistas 06/10/2026

El Estado de bienestar empieza en el plato

Ernesto-Lucena
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La ciencia de la longevidad ya no discute el milagro. Discute el método. Quien llega lejos y llega bien no lo hace por un fármaco solo: lo hace por un conjunto que hoy se mide -calidad de la comida, músculo, sueño, vínculo, estrés bajo, propósito-. El Estado que solo paga la enfermedad cuando ya estalló no es un Estado de bienestar. Es un Estado de factura.

Estados Unidos acaba de ponerle nombre a esa factura. El informe de la comisión Make America Healthy Again, de mayo de 2025, describe a la generación más enferma de su historia en materia de padecimientos crónicos. Más de 40% de unos 73 millones de niños tiene al menos una condición crónica. Uno de cada cinco mayores de seis años es obeso: un alza de más de 270% frente a los años setenta. Más de uno de cada cuatro adolescentes tiene prediabetes. Casi 70% de las calorías infantiles sale de ultraprocesados. Más de 70% de los jóvenes no cumple la actividad física diaria. El país que más gasta en salud per cápita entre los ricos es el que peor esperanza de vida tiene. El diagnóstico cabe en cuatro causas: mala dieta, químicos acumulados, sedentarismo con estrés y la medicalización de lo que debió prevenirse.

«Un país no se vuelve longevo en la UCI. Se vuelve longevo en la olla y en la cancha.»

Colombia no está en esa cima. Tampoco está a salvo. En el ranking de la Federación Mundial de Obesidad aparecemos con 24,3%. El Atlas es más crudo: 26% de adultos con obesidad y 64% con índice de masa corporal elevado. Hacia 2030, más de 27 millones con exceso de peso. Además, 44% de los adultos no llega a los 150 minutos semanales de movimiento. La lección del informe norteamericano no es copiar su política. Es no repetir su error: tratar la enfermedad crónica como destino cuando es, en buena parte, política alimentaria y de movimiento.

La despensa está. En 2025, Colombia sembró 5,6 millones de hectáreas y produjo 81,6 millones de toneladas. Las hortalizas llegaron a tres millones de toneladas. El plátano supera las 496.000 hectáreas. Papa, yuca, plátano, cítricos, mango, aguacate, fríjol: comida de verdad, de piso térmico, de todo el año. Exportamos fruta por más de US$2.000 millones y, en el mismo país, el niño del PAE y el abuelo del comedor todavía reciben caloría barata. Esa contradicción es el hueco de la política pública.

El PAE ya es la palanca. En 2025 atendió a 5,6 millones de estudiantes, con 82% de cobertura. A mediados de 2026, el Ministerio habla de 5,9 millones y 86,6%, y de una inversión que pasó de $3,58 billones a $7,31 billones entre 2022 y 2026. Lo decisivo no es solo el cupo. Es el plato: la comida preparada en el colegio subió de 58% a 75%, y el complemento industrializado bajó de 38% a 17%. La meta de eliminarlo hacia 2030 es la política de longevidad más barata que tiene el país. Un niño que aprende a comer plátano, huevo, verdura y fruta de la región no es un beneficiario. Es un adulto que le ahorra a la EPS.

El otro extremo está huérfano. Colombia Mayor transfiere a cerca de 1,7 millones de personas, pero los centros de día y de protección apenas tienen unos 6.400 cupos. El giro no cocina. En Bogotá, estudios como Sabe mostraron que más de un tercio de los mayores está en riesgo de desnutrición. Llegar a viejo con músculo, dientes y un plato caliente no es caridad. Es la otra mitad de la misma política: del PAE al adulto mayor, la misma despensa, el mismo criterio. Proteína, fibra, comida de acá. No galleta de vitrina.

La prevención que la ciencia pide cabe en oficio, no en eslogan. Comida mínimamente procesada. Movimiento diario -el recreo, la vía activa, el grupo de Hevs, no solo la medalla-. Sueño. Un adulto que acompaña. Menos pantalla como niñera. El informe norteamericano lo dice con otras palabras: si 70% de las calorías del niño es ultraprocesado y 70% no se mueve, el hospital llega tarde. Colombia puede llegar antes, porque todavía tiene tierra, ciclo de cosecha y un programa escolar que ya existe.

Apostarle a esto no es un gasto social más. Es la única forma de que el Estado de bienestar no se quiebre cuando envejezcamos. La despensa ya está sembrada. Falta sentarla en el plato del niño y no retirarla cuando ese niño cumpla 70.

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