Dani Rodrik, uno de los economistas más respetados del mundo, ganó el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2020. Turco, nacido en Estambul y de familia sefardí, se califica como un heterodoxo por su aplicación rigurosa de los métodos más ortodoxos en economía. Preguntándose si la globalización ha ido demasiado lejos, se centra en tres tensiones que explica en una de sus célebres publicaciones.

Primero, resalta que a medida que se reducen barreras al comercio y a las inversiones, se tensa la relación entre los grupos que aprovechan las relaciones transfronterizas y aquellos que no. Por un lado, grandes empresas, bancos y trabajadores altamente calificados, libres de llevar sus recursos donde se demanden, por el otro, trabajadores no calificados y semi calificados, que bajo la globalización, son más elásticos y fácilmente sustitutivos.

Segundo, la globalización engendra conflictos dentro y entre las naciones frente a las normas y las instituciones sociales. La tecnología y la cultura son estandarizadas en el mundo, y diferentes naciones con diversas normas y valores, tienden a rechazar esta estandarización y, por último, la tercera tensión surge porque la globalización ha dificultado que los gobiernos nacionales proporcionen un seguro social de protección a su población.

Así, refiréndose al futuro de la globalización, nos invita a entender que ella no cae del cielo, que se ha construido y formado por nuestras propias decisiones. Los más beneficiados son muy poderosos para que el proceso revierta de manera significativa. Así, sería más fácil si se comprende que la globalización debe servir a los objetivos de los países y las sociedades, y de conformidad, crear reglas basadas en la posibilidad de que las naciones puedan perseguir sus prioridades económicas y sociales.

Nos recuerda que la defensa clásica de la economía por un comercio más libre se centra en que sea beneficioso para el país de origen, en consecuencia, no tiene una determinada política comercial que beneficiar a otros países “no existe una incompatibilidad inherente entre la apertura económica y perseguir el interés nacional”.

La globalización sin control no sirve, es el argumento central de su crítica a la globalización en su conocido trilema, la soberanía nacional, la globalización y la democracia son excluyentes. No se pueden procurar más de dos elementos al tiempo. Si una nación incrementa su soberanía, tiene que elegir entre las ventajas del comercio o la democracia. El Reino Unido y los EE.UU. eligieron soberanía y democracia, los primeros con el Brexit y los segundos eligiendo a Trump. Chinos y rusos optan por la globalización y la soberanía, sacrificando la democracia, reduciéndola a un léxico (democracia, libertad) y unas formas (votaciones y urnas).

En Europa y Latinoamérica el trilema no se ha resuelto. De ahí las manifestaciones de tantos indignados y los populismos de extremas (derecha e izquierda). Estos últimos, explícitos en la necesidad de abandonar la hiperglobalización, mientras los centristas no enfrentan las implicaciones del trilema. Siguen diciéndoles a sus votantes que pueden perseguir la globalización sin abandonar la soberanía o la rendición de cuentas democrática.

En tanto, apostemos por reglas globales centradas en controlar o evitar los efectos negativos de las políticas de un país al resto del mundo.