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Un pretexto para pensar la integración

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El 9 de mayo se cumplieron 63 años del Plan Schuman que recogió el ideal europeísta de Jean Monnet, concebido para afianzar una paz duradera fundada en la estrategia económica de la integración. Así, bajo una autoridad común, la producción de carbón y acero de seis estados -materias primas para la guerra- se transformaba en un instrumento para la paz. La financiación bilateral del Plan Marshall y la Organización Europea de Cooperación Económica, ayudaron a la recuperación de un continente sacudido por la guerra, pero esta apuesta de los americanos en el continente europeo no habría dado resultados duraderos si no hubiese entrado en vigor el tratado constitutivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero suscrito por Francia, Italia, Alemania y el Benelux. 

 
La explotación conjunta del carbón y el acero permitió, además, que Alemania se sirviera de los recursos de sus zonas del Ruhr y de El Sarre que venían explotando los aliados después de la guerra. Así, en poco más de cinco años, se sumó el compromiso de desarrollo de una industria nuclear propia, construyendo un mercado común de equipos y materiales nucleares a los que se sumarían otros bienes y servicios, mientras se transitaba por los distintos niveles de integración económica hasta lograr mercados comunes del carbón, el acero, la industria nuclear y de bienes y servicios. Este proceso involucró la constitución de otras dos comunidades europeas, la de Energía Atómica y la Económica, y de seis estados miembros pasaron a nueve, diez y doce respectivamente.
 
A mediados de los ochenta, los mercados comunes se convirtieron en uno interior que se consolidó en Maastricht con el Tratado que creó el concepto de Unión Europea, techo simbólico -no jurídico- que reposaba en tres columnas: la primera configurada con las comunidades, y las otras dos fundadas en dos ámbitos cooperativos, el de política exterior y seguridad; y el de asuntos de justicia e interior. Bajo la cubierta de la Unión Europea operaban las libertades de bienes, servicios, trabajo y capital, y se da la libre circulación de personas, la noción de ciudadanía europea y los primeros pasos hacia la unidad monetaria. Mientras tanto, adhirieron otros tres estados.
 
El paradigma franco-alemán de una integración cada vez más profunda y con más miembros marcó el inicio del milenio y preparó las instituciones para la ampliación al centro y este de Europa. De 15 miembros se pasó a 25 y luego a los actuales 27. Paralelamente, se negociaba el Tratado que instituía una Constitución para Europa, que pese a ser suscrito a finales de 2004, se truncó a lo largo de su proceso ratificatorio y abrió un inédito espacio de discusión conflictiva, que empezó a desmoronar ese arquetipo franco-alemán y frustró la opción simbólico-estratégica de los miembros para mantenerse como una Asociación, deslindándose de la idea de Estado federado a través de un acuerdo internacional sui generis. Esta crisis solo se superó dos años después con el Tratado de Reforma (Lisboa) que surgió como alternativa para rescatar el contenido más significativo del nonato Tratado Constitucional, y entró en vigor en plena crisis económica (diciembre de 2009).
 
Este aniversario es, pues, un pretexto para que reconozcamos los logros de esta estrategia que generó paz, riqueza y bienestar. Hoy, como los procesos de integración latinoamericanos y pasados 63 años, no tiene claro su proyecto político y se embrolla en las exigencias de austeridad.
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