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Panis et circenses

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Décimo Junio Juvenal, poeta latino, mostraba su desprecio por la decadencia de sus contemporáneos romanos cuando acuñó la frase panem et circenses (pan y juegos en el circo), y describía la práctica de los gobiernos que mantenían tranquila a la población, sin importar qué tan controvertida fuera su gestión, proveyéndolos de alimento y entretenimiento. Autor de finales del siglo I y comienzos del II, escribió 16 sátiras y no imaginó que su intencionado descrédito a gobernantes y pueblo, ávidos de poder los primeros, y de pan y circo los segundos, mantendría una vigencia que supera los 20 siglos (Sátiras X, 77-81).

El ánimo que me invita a recordar la frase que titula esta columna, no es para reiterar una obvia práctica de gobiernos y pueblos del mundo, sino para cuestionar a la Federación Internacional de Fútbol Asociado (Fifa), y a todos los que seguimos -incluido el columnista- los torneos que organiza. El bien fundado desprestigio de la Fifa, antes y durante el recién finalizado mundial de Brasil, no fue suficiente y pasó una vez más por alto gracias a nuestra avidez de fútbol. De este desentendimiento y alienación en masa es de lo que se nutre el debate de los intelectuales que defienden o denigran del fútbol.

Antes del Mundial, se revelaron documentos que  involucraban al exdirectivo qatarí de la Fifa, Mohamed ben Hamman -la máxima autoridad del fútbol asiático entre 2002 y 2011-, que efectuó pagos por unos US$5 millones a los responsables del fútbol africano para que Qatar sea la sede del Mundial 2022. El periódico británico The Sunday Times, afirmó que existen facturas, faxes y correos electrónicos que dan cuenta de agasajos y sobornos entre Ben Hammam y directivos africanos.

Una cortina de humo -ya revaluada- fue suficiente al empezar a rodar el balón en los estadios brasileños, Franz Beckenbauer, el “Káiser” del fútbol alemán, campeón mundial como jugador y entrenador de Alemania, fue sancionado por la Fifa impidiéndole participar en alguna actividad relacionada con el fútbol durante 90 días, por no colaborar en la investigación sobre la adjudicación de los mundiales de 2018 y 2022.

En medio del mundial de Brasil, la autoridad moral de la Fifa y el doble rasero de sus comités, le impusieron al delantero uruguayo Luis Suárez, una sanción desproporcionada que desborda su marco de acción y raya con el respeto a los derechos humanos. Se suspendió al jugador por nueve partidos oficiales y durante cuatro meses se le prohíbe ejercer cualquier clase de actividad relacionada con el fútbol, sea administrativa, deportiva o de otra clase: no puede ni siquiera entrar en los recintos de todos los estadios durante este lapso y se le impone una multa que asciende a 100.000 francos suizos.

Al igual que con Beckenbauer, a la semana de la exagerada sanción, se empezaba a rectificar en el sentido que se le autoriza entrenar y puede ser traspasado, mientras tanto Joseph Blatter, presidente de la Fifa, valoraba positivamente el arrepentimiento del charrúa diciendo que “esperamos verle pronto en las canchas”. Estos ires y venires contribuyen a enriquecer un entretenimiento que nos sacia y que en palabras de Luis Fernando García Núñez, nos ha permitido superar y perdonar los ultrajes sufridos durante décadas de perfidia y trampas (“Multitudes y patadas”, Palmiguía.com, 11-07-2014).

Si los gobiernos asumieran su obligación de cooperar con los fines de la Organización de las Naciones Unidas, como lo hacen con esta asociación de derecho privado suiza, la paz y seguridad internacional serían una realidad y los grotescos espectáculos de la violencia entre Israel y Palestina, Siria y Ucrania, entre otros, ya serían cosa del pasado. Por cierto los cuatro países mencionados, al igual que otros 205, tienen asociaciones nacionales de fútbol que pertenecen a la Fifa.

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