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Como si se estuviera mirando al espejo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dijo que Noruega “francamente apesta”. El insulto obedece al berrinche que le produjo saber que el Premio Nobel de la Paz -de nuevo- no le fue otorgado. Por ello, vociferó “no quiero a nadie de Noruega. No quiero tener nada que ver con ellos”, y terminó por calificar al país nórdico como “país de mierda”.
En dos ocasiones no ha podido entender que un Comité independiente es el que otorga los premios y no Noruega, y menos que no se lo hayan otorgado a él, cuando desde su punto de vista, merecía “ocho premios Nobel” por las guerras que afirma haber detenido.
Este mitómano profesional, que persigue migrantes olvidando que su abuelo Friedrich Trump emigró, en 1885, a Estados Unidos huyendo del servicio militar en Alemania y que su madre, Mary Anne MacLeod, hizo lo propio desde Escocia en 1930 quien, con la dignidad que caracteriza a los migrantres sin recursos, trabajó en el servicio doméstico. Trump trata de convencer al mundo que ha logrado la paz en ocho conflictos internacionales y que está a puertas de lograrlo en dos casos más.
Primero asevera que detuvo un conflicto de “mil años” que en realidad se remonta a 1947 (véase columna del 15/05/2025), donde tras el ataque en Cachemira y la Operación Sindoor de nuevo Pakistán e India abrieron fuego mutuo y que con la intervención americana se logró un alto al fuego, pero sin ninguna resolución de fondo.
De la misma manera, se refiere a la confrontación entre Israel e Irán, de junio de 2025 que a su entender, gracias a los bombardeos efectuados por EE.UU. a las instalaciones nucleares iraníes él la paró con un anuncio en Truth Social. ¿Será que están en paz? ¿No hay una guerra en curso que está cerca de cumplir nueve meses?
En caso de la República Democrática del Congo y Ruanda, si bien medió un acuerdo de paz provisional, la violencia volvió a desatarse meses después; frente al asunto de Camboya y Tailandia -que sigue irresoluto- para que cesaran los enfrentamientos utilizó las amenazas de los aranceles que tanto le gustan; algo similar con la disputa diplomática entre Egipto y Etiopía en torno a la construcción de la presa etíope en el río Nilo que sigue sin resolverse; frente al conflicto de Armenia y Azerbaiyán tampoco se le dio una solución respecto de la región de Nagorno-Karabaj, y frente a las tensiones de Serbia con Kosovo dice haber evitado una nueva escalada en los Balcanes.
El drama de los ataques indiscriminados de Israel contra los palestinos en Gaza, en el último año, desde que se alcanzó gracias a Trump “un alto al fuego”, suma 1,570 muertos (351 niños) y 5,650 heridos y el consolidado desde el 2023 completa 74,568 muertos y 175,770 heridos ¿podemos entender que esto no es un conflicto absolutamente abierto?
Además de los ocho casos mencionados, que considera resueltos, nos quiere convencer que la guerra de Rusia contra Ucrania está a un paso de acabarse, lo mismo que la que el propio EE.UU. tiene contra Irán en la región de Ormuz. Pensar que en el primer caso prometió resolverlo en el primer día de su segundo mandato y que la que se libra contra Irán es por su propia iniciativa.
Indiscutiblemente si se merece un Nobel, es el de la “ficción”, toda vez que “no quiere” darse cuenta que los conflictos siguen abiertos y sin perspectivas de solución.
La gran pregunta que hoy surge es qué más falta para adelantar y llevar hasta su fin las investigaciones, los procesos de todo tipo y para que la sociedad exija verdad y sanciones, antes de que el tema se diluya como una persecución política o como una novela más
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