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Es un cliché la frase de que el pueblo tiene los gobernantes que se merece. No hay nada más alejado de la realidad en el caso de Colombia y de todos nosotros. En relación con Petro y su banda, no de cómplices, sino de autores principalísimos del horror y desastre que vimos los últimos cuatro años, el grado de abyección llega a límites inimaginables.
Si faltaba algo, y quién sabe qué más habrá, ahora resulta, según las últimas versiones coincidentes de testigos, que parece ser que el tenebroso repartía, por decirlo bonito, además de su cuerpo, contratos para, como se dice coloquialmente, pasar “del putas”.
No, esto no es un escándalo de la vida privada, no es un alboroto de la prensa amarilla, no son simples titulares de prensa, es una situación de tal magnitud que sobrepasa toda lógica y antecedente. Además de actuaciones evidentemente ilegales e inmorales en todos los frentes, mírese por ejemplo el manejo de los recursos públicos, el nivel de endeudamiento, el desastre del sistema de salud, los “gestores” de paz, el tema de este escrito refleja, incontestablemente, el “importaculismo” de Petro, sus secuaces y perros falderos.
Indiferencia total a la crítica, prioridad en el bienestar propio olvidándose de su deber, creando toda clase de estereotipos para sus fines, procediendo de manera ilimitada e irrefrenable. No sé por qué no me sorprende que haya gente como el del elefante que sea su seguidor. Se equivocan quienes creen que en el gobierno anterior había ineficiencia, era, en mi parecer, un uso y un abuso del poder y del estado sistemático y planificado totalmente contrario a los fines del mismo.
La situación no es un escándalo solamente sexual y de instrumentalización de las mujeres (enfoque de género), de la pobreza, de los jóvenes, de todo y por ahí pasó hace mucho rato, no es que sea un concierto para delinquir, como dirían los penalistas, es un festival inédito del descaro, del daño, del egocentrismo y de la “anticolombianeidad”.
La gran pregunta que hoy surge es qué más falta para adelantar y llevar hasta su fin las investigaciones, los procesos de todo tipo y para que la sociedad exija verdad y sanciones, antes de que el tema se diluya como una persecución política o como una novela más. Fíjense, lo de la Alcocer ya se está empezando a difuminar por este nuevo tema.
En contraste con todo lo anterior, no hay que ser un partidario del presidente De La Espriella, así a algunos no les guste, para ver una reivindicación del ejercicio del poder, de las formas, del fondo y sobre todo del trato que nos merecemos los colombianos. Sé y me consta que el presidente a sus funcionarios les da libertad de criterio en sus respectivas materias y especializaciones, con la condición de que no haya ni politiquería ni corrupción. Tristemente esta última, en mi criterio, es inevitable porque es inherente a la cosa pública, pero se debe tratar de reducir a su mínima expresión y ha de estar, el estado, guiado por el ejemplo y aquella sancionada efectiva y públicamente.
Todos seremos cómplices “de la primera línea” si esto se queda en simples escándalos y artículos.
¿Será que todo esto es imaginado?
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El partido más grande de Colombia sigue esperando a alguien que lo convoque. Ojalá en 2027 no gane el que mejor pelee por los votos que ya existen, sino el que logre despertar los que nunca han llegado a las urnas