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Analistas 10/12/2020

Hacerse cargo

Eric Tremolada
Dr. En Derecho Internacional y relaciones Int.

En un país como el nuestro, donde los indicadores arrojan cifras escalofriantes de muertes diarias por violencia, no tardó mucho en saturarnos la información de infectados y fallecidos por covid. No obstante, toda muerte debe importarnos y no solo a los familiares, amigos y conocidos del difunto.

El pasado 14 de mayo nos referimos a que si no sumábamos esfuerzos colaborativos transfronterizos, no saldríamos pronto de la pandemia. Citábamos como esfuerzos en ese sentido a la Alianza de Vacunas (Gavi), asociación público-privada que ayuda a vacunar a casi la mitad de los niños del mundo contra enfermedades infecciosas mortales, y decíamos que su experiencia sería decisiva para brindar acceso a la inmunización de la covid en los países pobres. También mencionamos la Coalición para la Innovación en la Preparación ante Epidemias (Cepi), asociación global que reúne esfuerzos de organizaciones públicas, privadas, filantrópicas y de la sociedad civil con el fin de acelerar el desarrollo de vacunas contra enfermedades emergentes y permitir el acceso equitativo a estas.

Cepi -reuniendo cerca de US$2.000 millones- aceleró la creación de las vacunas contra la covid, y sumó un número amplio de candidatos que facilitó los ensayos clínicos, mientras que Gavi no ahorra esfuerzos para que estas vacunas sean universales y asequibles, mientras lucha por mantener y extender los programas de inmunización frente a otras enfermedades que, gracias a estos programas, dejaron de ser pandémicas.

Sin embargo, lo anterior puede ser infructuoso si hacen carrera las teorías conspirativas que buscan sabotear la vacunación. Las vacunas no solo evitan la enfermedad del vacunado, tienen un efecto secundario más relevante, crean inmunidad colectiva (de rebaño). Con las oleadas de la covid a lo largo de 2020, se estima que menos de 10% de las personas en el mundo son inmunes, inmunidad que nos está costando 1,6 millones de muertes y que no alcanza a ser colectiva y, por ende, suficiente. ¿Cuántos años y muertos más necesitamos para llegar a ese mínimo de inmunidad colectiva de 70%? Acortar los tiempos y las cifras de muertos es lo que nos ofrecen las distintas vacunas, que empiezan a distribuirse y aplicarse, mientras muchos irresponsables -incluidos algunos jefes de Estado y de Gobierno- insisten en no promoverlas.

Las tesis conspirativas se nutren del discurso fácil de que se están vendiendo los países a las industrias farmacéuticas, convocan a militantes de partidos fascistas, ultras del fútbol, jubilados y desempleados que están contra las vacunas y se manifiestan violando la distancia social “sin mascarilla”.

La covid no es un engaño y mata más de lo que creemos, la vacuna no controlará el mundo a través de microchips, ni se harán más ricas de lo que son las farmacéuticas. Trump, Bolsonaro y otros convirtieron el uso de mascarillas en un elemento de división y la enfermedad en un acto del creador ¿vamos a hacer lo mismo con las vacunas?

El pasado fin de semana por esta enfermedad perdí a un profesor y amigo irrepetible, de ahí la prelación de este tema aplazando tantas cosas de un acontecer internacional tan convulsionado. Como diría Richard Tovar, con su fino y agudo humor que siempre estará presente, “un fijismo” que en este caso de la covid no puede quedar subordinado a la voluntad de quién sabe quién.