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De todo sobre la Alianza

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Los días 13 y 14 de octubre pasado, en la ciudad de México, la Fundación Konrad Adenauer Stiftung, reunió 19 conferencistas que representaban visiones de 12 países y 3 continentes (Asia, América y Europa) con ocasión del seminario internacional “Incidencias regionales y globales de la Alianza del Pacífico”.

La totalidad de los académicos -excluidos políticos y funcionarios- coincidimos en algo que hemos repetido en esta columna, que la Alianza se presenta como la nueva estrella de la regionalización en América Latina; sin embargo, mantiene, como otros, viejos y nuevos esfuerzos de integración subregional, un alto grado de presidencialismo, que refuerza con la escasa institucionalidad, la nula supranacionalidad y la ausencia de participación ciudadana.

Si bien, estamos frente a un proceso en construcción, mientras no se corrijan estas características, su ambiciosa y pretendida “integración profunda” no pasará de configurar una zona de libre comercio más, fundada en acuerdos previos multilaterales (Comunidad Andina) y bilaterales (TLC) a los que se suma cooperación política, desconociendo y debilitando esfuerzos existentes que en su momento brillaron tanto o más.

Lo más interesante del Seminario no fue constatar lo que en la academia se tiene claro, y que también se resaltó en el evento de Integranet en Barranquilla el 1 de septiembre pasado, sino evidenciar las distintas percepciones de que este proceso no solo genera convergencias de intereses económicos, sociales y políticos, sino, por el contrario, grandes divergencias e incluso para algunos disgregación regional. De ahí el nutrido número de países observadores. Por ejemplo, para los empresarios norteamericanos la Alianza es doblemente atractiva, por un lado, se trata de un grupo de países que brindan un acceso abierto a sus mercados y, por otro, se configura como una herramienta política que contribuye a derribar las barreras de los países del Mercosur.

Para la Unión Europea en medio de su crisis la Alianza no solo representa posibilidades de inversión de doble vía, sino que además presiona a Brasil y el Mercosur a fortalecer el primer diálogo interregional que se dio con los latinoamericanos y, por qué no, a cristalizar el anhelado y frustrado acuerdo comercial. Todo ello además sirve para hacer contrapeso a los Estados Unidos y a China.

Para los líderes asiáticos, la Alianza no es conocida. No hablan de ella, mientras entre sus académicos despierta interés porque evidencia tensión con el Mercosur tal como sucede entre ellos con el TPP frente al Rcep (Asean + 6). Dos esfuerzos de integración que como los latinoamericanos no será fácil que converjan, sobre todo por las diversas visiones de los socios que componen cada acuerdo.

Para varios académicos de esta zona, la Alianza representa intereses divergentes entre sus miembros: mientras Chile insiste en un acercamiento al Mercosur que disminuya su exposición, Perú busca hacerle un contrapeso blando a Brasil y al Alba. Colombia sigue la tónica de Perú, sin confesar que la Alianza le ayuda a disminuir el desplazamiento de sus socios -realmente competidores- en Asia Pacífico, y al final México, más decidido que todos, retorna a disputar el liderazgo a los brasileños, y aprovechando sus cadenas de valor, busca enganchar proveedores locales para que crezcan sus exportaciones.

Tal vez es la hora -como propuso un joven académico colombiano- de que al menos en Suramérica, en lugar de competir se dé un liberalismo por default  y con más pragmatismo que ideología, se pueda negociar una política agrícola común que como la de la Unión Europea, contribuya a la convergencia. El próximo desenlace electoral en Brasil y la cumbre de noviembre Alianza del Pacífico – Mercosur podrán reverdecer o marchitar nuestro optimismo. 

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