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Periodismo, equidad y fútbol

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El pasado debate electoral fue sin lugar a dudas uno de los más intensos que haya vivido Colombia en las últimas décadas, y talvez el primero que puso a pensar a un país que poco le gusta pensar, particularmente cuando de decisiones de orden político se trata.

Si estuviera en el bando ganador estaría seriamente preocupado, pues no en vano la movilización electoral derrotó la abstención y alcanzó cifras de más del sesenta por ciento en localidades pobres y apartadas, como en el Pacífico colombiano, donde el voto protesta envió un mensaje claro y contundente al establecimiento que espero sea recogido con espíritu crítico y propósito de enmienda. La expresión de ocho millones de ciudadanos deja muchos temas de reflexión y toda una agenda de inquietudes.

Los partidos políticos, los políticos y los medios de comunicación fueron los grandes derrotados de la jornada. Estos últimos, dejaron ver sin sonrojo una parcialidad que no es buena para nadie.

El espectro electromagnético es un bien público otorgado en administración a particulares para informar y entretener a la ciudadanía, pero manteniendo unos responsables niveles de autocontrol y respeto por la opinión sobre la cual entraron a saco sin ningún respeto.

Algunos, talvez millones de ciudadanos, nos sentimos agredidos por la descarada parcialidad con que los empleados de los cacaos, dueños de las franquicias, actuaron. La ética, la imparcialidad, la objetividad, pasaron al cuarto de San Alejo, con muy contadas excepciones, cuando el candidato que no consideraban de su agrado o del de sus patrones, caía en sus garras.

Es constructivo revisar con espíritu autocrítico la actuación de los medios en la campaña presidencial para que no se repita el bochornoso espectáculo del antiperiodismo.

Debe quedar claro que ahí perdimos todos y entonces no nos podemos quejar de que el ciudadano de a pie recurra a las mal llamadas redes sociales en busca de una información diferente. Va a pasar mucho tiempo, para que el periodismo, si rectifica, recupere el sitio que otrora ocupó en el noble oficio de ilustrar, informar, orientar y crear opinión.

El otro aspecto que no se puede soslayar es que pese a la campana neumática de los medios y a la negativa, también insólita del candidato ganador, a debatir antes de la segunda vuelta, la agenda se ocupó de temas fundamentales: salud, educación, reformas judicial y electoral, medio ambiente y lógicamente economía.

El mensaje de la contienda electoral fue claro y contundente: hay un país que abandona las lealtades partidistas, rechaza los métodos perversos de las maquinarias políticas, se manifiesta contra la corrupción y se deja seducir por las propuestas que cuestionan las inequidades de un modelo económico con enormes falencias sociales. Lo que los defensores a ultranza del sistema llamaron una incitación a la lucha de clases debería considerarse como un campanazo de alerta.

Amplios sectores de la sociedad, particularmente jóvenes, que han tenido acceso a la educación, se manifestaron a favor de un modelo eficiente que invierta en tecnología, revise los mercados de capital y trabajo que generan desigualdades económicas y construya una sociedad democrática moderna con igualdad de oportunidades, para permitir el ascenso y la inclusión.

Ojalá los nuevos inquilinos de Palacio, abandonen los prejuicios de quienes se quedaron encasillados criminalizando la protesta social. La paz solo se construye con justicia. El país no aguanta otra derrota; la sufrida frente a Japón fue suficiente.

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