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De regreso a la realidad

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Terminada la fiesta rusa, para los colombianos, vuelve el país a la aparente normalidad de sus problemas cotidianos, mostrando el fútbol las mismas debilidades de nuestro sistema político y económico.

Somos definitivamente una sociedad conservadora. No aparece el espíritu innovador para buscar criterios más abiertos y agresivos, en la práctica de nuestro deporte favorito. Es necesario un proceso que genere una escuela propia de acuerdo a nuestras enormes potencialidades. La era Pékerman se agotó.

En materia política, no la tiene fácil el electo presidente de la República Iván Duque. Sus primeras actuaciones, confirman los temores de su dependencia del senador Uribe.

La atropellada aprobación de la reglamentación de la JEP deja un sabor amargo de que las cosas giraron 180 grados. El deplorable espectáculo de los congresistas demostró una vez más que no hay ideología ni valores.

Hasta hace unos días, mientras los efectos de la mermelada, motor de las elecciones de Congreso, mantenía sus efectos, el legislativo respaldó los acuerdos de la Habana.

Bastó que Uribe, más que Duque, mandara una razón, para que el Congreso, sin pena ni gloria, le diera la espalda a una política que a todas luces es conveniente para el país. Ya la comunidad internacional comienza a mandar serias señales de su inconformidad con la intención de volver trizas los acuerdos de paz. La ola de violencia que cruza la Nación debe indicarle a los necios y al Gobierno que con la paz no se puede jugar, mucho menos para satisfacer caprichos inconfesables.

De otra parte, la economía parece darle un respiro a la nueva administración y la minibonanza petrolera indica que hay un espacio para que el nuevo equipo, liberándose de las previstas intrigas de los patrocinadores de Duque, tome las medidas necesarias en el terreno de las realidades donde desafortunadamente las promesas no coinciden con las necesidades.

El déficit fiscal requiere atención inmediata y todo indica que se necesitan recursos frescos solamente obtenibles con una reforma tributaria, pues ni el control de la evasión, ni la factura electrónica, ni mucho menos la anunciada rebaja de impuestos constituyen soluciones realistas.

De igual forma, todos los analistas, la mayoría de ellos amigos de la candidatura Duque, coinciden en la necesidad de avocar rápidamente las reformas en el campo de la salud y en el tema pensional donde se larva un hueco fiscal de grandes proporciones que, de no solucionarse, incidirá en la exacerbación de la protesta social.

Finalmente, es bueno repetirlo una vez más; América Latina viene haciendo significativos esfuerzos para combatir la inequidad, y analistas como Alveredo y Gasparini, señalan que en 19 países hubo una reducción de la desigualdad, mientras Colombia camina en sentido contrario mostrando una preocupante concentración de la riqueza.

Aquí el 1% de los ricos aumentó su participación del 17% al 21% en el 2010 y todo indica que seguimos en esa dirección. Lo grave es que, como lo analiza el británico Anthony Atkinson, no hay fórmulas mágicas para disminuir la desigualdad, y si bien es cierto hay políticas públicas que pueden y de hecho contribuyen a generar equidad, solo la tributación directa, creciente y progresiva, de la cual estamos muy lejos, como lo muestra el ranking de socios de la Ocde, garantizará el cambio de esa tendencia que es un lastre para el desarrollo de nuestra sociedad. Todo indica que Duque no está autorizado para caminar en ese sentido. Seguimos en modo espera.

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