Analistas

Costos económicos del mesianismo político

En anteriores oportunidades he comentado temas políticos que sin duda alguna están determinando en algún grado el comportamiento de las variables económicas, que siguen mostrando la falta de confianza del consumidor y la incapacidad de reacción de nuestro débil aparato productivo con todas sus consecuencias. Lo preocupante es que la zozobra generada por el senador Uribe y su logia, está cercenando los anhelados efectos económicos de la terminación del conflicto. Según el modelo de crecimiento Solow-Swan utilizado por tres académicos colombianos,  en estudio publicado por la Universidad de los Andes, el crecimiento económico departamental no tuvo ninguna variación en la época de la Seguridad Democrática, en tanto que la eliminación del conflicto debería incrementar la tasa de crecimiento anual departamental en 4,4% del PIB; pero esos efectos no aparecen por ninguna parte. 

 Las Farc han mostrado a cabalidad el deseo de mantenerse fieles a los acuerdos, amparados y esperanzados en la fortaleza del respaldo internacional y en el papel de la ONU, desoyendo la andanada “subversiva” de quienes resolvieron declararse enemigos del proceso con diferentes pretextos, ninguno plausible.

 Hay que decir abiertamente y sin ambages que el senador Uribe abandonó su pedestal de expresidente de la República, que le impone responsabilidades sobre eso que él llama patria, y descendió a la arena de la contienda política permitiéndose la combinación de todas las formas de lucha para destruir el camino de la reconciliación, sin medir los peligrosos efectos de tan prosaica aventura. Historiadores como Krauze han definido esas personalidades que surgen en épocas de crisis, ungidos por las circunstancias, ajenos a la rigurosidad conceptual, íconos  de sectores sociales débiles o temerosos que los convierten en protectores providenciales. No hay riesgo más grande para una sociedad, que entregar a un iluminado todo el poder de decisión. La historia está plagada de ejemplos catastróficos del mesianismo que precipita a la barbarie por el culto desmedido a la personalidad.

 No me sumo a los que injurian al senador Uribe, pero me sumo preocupado a los que ven con alarma o con tristeza la metamorfosis del arriero paisa. Sus últimas actuaciones en el exterior y en los medios muestran claramente que perdió los estribos y que está jugando con el país, endiosado por sus áulicos, de espaldas a las reivindicaciones de los sectores más necesitados.

 Inconveniente seguir alimentando el odio. Tenemos un compromiso con la historia y con el mundo y nada ni nadie podrá reponer la afrenta que significaría violar los compromisos que este Gobierno adquirió en pro de la paz. Volver “trizas el Acuerdo” debe quedar como testimonio de la intolerancia de una minoría intransigente y obcecada, moral- mente impedida de acceder a la dirección del Estado. 

El 80% de los colombianos, según estudio de la académica Angélika Rettberg,  es partidario de la reconciliación y ella misma señaló como debilidades del proceso: la desconfianza por la participación en política de los perpetradores, la debilidad de la justicia y de las instituciones y el miedo al empoderamiento de nuevos actores. Eso lo tiene claro el senador y por eso despliega toda su capacidad para explotar esas debilidades sin dimensionar los riesgos de su aventura.

 Si el  Senador no reacciona, tiene que reaccionar el país, derrotando el mesianismo, en el marco de la democracia, mediante el uso pleno de la razón y el derecho.