Analistas

Coca versus glifosato

Viajando en las noches por la carretera Panamericana, por el departamento del Cauca, en el sector Cali – Santander de Quilichao, llama la atención los miles de puntos luminosos que brillan como un tapete estrellado surrealista sobre las montañas de la cordillera central. El Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos de Naciones Unidas (Simci) despejó el enigma, a través de los satélites, llegando a la conclusión que ese espectáculo de luces era ni más ni menos que la mayor producción de marihuana en cultivos hidropónicos del país, que mediante iluminación artificial producen un rendimiento de cuatro cosechas al año frente a las dos que se obtienen en condiciones normales. Ese departamento, verdadero hervidero de incógnitas y conflictos sociales, en manos de una cuestionada clase política, ocupa el cuarto lugar en producción de hoja de coca con 12.600 hectáreas y el segundo en amapola con 162 hectáreas, frente a las 300 de Nariño.
El último informe del Simci prendió las alarmas sobre la marihuana y por el incremento de los cultivos de coca que nos colocan a la vanguardia del planeta, con 146.000 hectáreas, frente a 53.000 del Perú y 36.500 de Bolivia. Las causas son múltiples y no pueden ser del todo atribuidas a la suspensión de la fumigación aérea, decisión del Consejo Nacional de Estupefacientes tomada con base en un estudio del 2015 de la Organización Mundial de la Salud (OMS), investigación realizada por la Iarc con 17 expertos de 11 países, quienes encontraron que el glifosato, el matamalezas de mayor utilización en el planeta, y otros herbicidas, podían ser cancerígenos para seres humanos.
Múltiples denuncias de personas y organizaciones sociales y de salud, advirtieron en su momento sobre los inconvenientes del uso del glifosato que Estados Unidos recomienda, y hoy presiona para que se reanude su utilización, cuando en su territorio está prohibido; sobretodo cuando se comprobó que en Colombia se usaba en proporciones descomunales de 58% de Roundup y de 26% de glifosato frente a 1% utilizado, con las debidas protecciones, para el control de malezas, en el país del norte. No son claras las cifras pero se calcula que entre 1999 y 2014 se fumigaron mas de millón y medio de hectáreas, con mezclas muy superiores a las usadas en la agricultura, y por encima de las recomendaciones de Monsanto, llegando a los 23,5 litros de descarga por hectárea, según se comprobó en el litigio que el Gobierno colombiano perdió ante la Corte Internacional de Justicia frente a la reclamación del Ecuador.
La Corte Constitucional y el Ministerio de Salud en cabeza de Alejandro Gaviria han rechazado la posibilidad de volver al uso del glifosato. No hay una evaluación seria sobre los daños ecológicos de la aspersión aérea y está claro, pese a interpretaciones sesgadas, que fue un esfuerzo económico inútil y un sacrificio ambiental estéril.
El debate se politiza y se pretende volver ideológico, pero el país debe respaldar el esfuerzo del Gobierno que en el marco de los acuerdos de la Habana, le apuesta a la erradicación voluntaria, acompañada de pedagogía e inversión, en las zonas cocaleras para eliminar las condiciones de atraso y marginamiento que son el ambiente propicio para el fomento de actividades ilegales. Las Farc están cumpliendo con su compromiso de acompañar el proceso de erradicación de coca como lo reconoce la Oficina de Naciones Unidas contra la droga y el Delito (Unodc y el Director Antinarcóticos de la Policía.
El regreso al glifosato no es una opción.