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No soy Murakami

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Diego A. Santos - diegosantos1978@gmail.com

En efecto, por mis columnas se habrán dado cuenta que no soy como el genial escritor japonés. Él es de por allá y yo de por aquí. Eso sí, compartimos lo de ser geniales, por supuesto. Ah, y también que a ambos nos gusta correr, correr todos los días. El 10 kilómetros y yo entre 15 y 20.

Yo no voy a escribir el libro “De qué hablo cuando hablo de correr” como lo hizo Haruki --así se llama él--, pero sí quiero hacer una columna sobre algo que me cambió la vida y que casi, solo casi, me cuesta el matrimonio.

¿Y por qué en este espacio semanal dedicado mayormente a temas digitales me pongo a escribir de algo que a tantos les parece tan aburrido e insignificante? Sencillo. Porque en un mundo cada vez más sedentario, conquistado despiadadamente por la tecnología, que en cierto sentido nos ha vuelto casi inútiles, el correr se sostiene como una de esas pocas cosas que no requieren necesariamente de tecnología para generarnos satisfacción y mantenernos saludables física y mentalmente.

Comencé el 1 de julio del año pasado, a mis 39 años y medio, con un estilo de vida bastante sedentario y entregado a esos placeres epicúreos que nos van acortando la estadía en este planeta sin percatarnos. Empecé con el propósito de llegar con ocho kilos menos al matrimonio de mi hermana. Corría 5 kilómetros, juicioso, todos los días.

Sin darme cuenta, o quizás con la ayuda de mi primo maratonista, quien me recomendó a su entrenador, terminé corriendo carreras de todo tipo -medias maratones, montaña, maratones de montaña, competencias de distancias cortas- y entrenando todos los días. Crisis de los 40, señala mi esposa, pero para mí representó una vía de escape a ese mundo tecnológico que, pese a vivir de él, cada vez me abruma más. Son una, dos o tres horas diarias sin estar revisando las redes sociales, sin estar pendiente de los likes o video vistas que tienen los videos que hago para mi cuenta de Instagram, de no estar revisando el WhatsApp como un poseso.

En cierta forma, corriendo uno recupera las riendas de su destino, así sea por unos pocos kilómetros. Y eso la mente lo agradece. El estrés cotidiano se reduce, los problemas se abordan desde distintas perspectivas y la sensación de haber hecho ejercicio le inyecta a uno, durante el día, una necesaria dosis de optimismo. Ahora bien, tampoco voy a decir mentiras. Me empecé a volver obsesivo corriendo. Y los extremos no son buenos. Cada entrenamiento buscaba que fuera mejorar que el anterior, corría cada carrera como si fuera la última y como consecuencia de ello comenzaron a llegar las lesiones. Ninguna grave, pero sí incómodas. De hecho, llevo un mes fregado del aductor derecho. Y un mes antes de eso, de la rodilla. Y claro, en medio de tanta obsesión, la esposa se molestó. Y bastante.

Pero bueno, es todo parte de un aprendizaje. Muchas personas me han pedido consejos sobre cómo empezar a correr. Y mal haría yo en decir cómo. No soy experto, no tengo la técnica, el conocimiento y apenas estoy empezando. Pero eso sí, a quienes me pregunten cómo empezar a desconectarse un rato de la tecnología, les digo: empiecen a correr. O hagan algún tipo de ejercicio. No sé hasta cuándo me dure esta fiebre de correr. Por lo pronto, seguiré haciéndolo, porque además de generarme gran satisfacción, me ha representado desarrollar una gran disciplina y dar buen ejemplo a mis hijas.

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