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La miopía de la educación colombiana

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Hace unos días -acompañado de un buen café- tuve una conversación con una amiga sobre la educación en otros países. Inevitablemente recordé mi intercambio en Auckland, Nueva Zelanda, donde realicé el grado trece en un colegio local. Esta experiencia me permitió conocer de primera mano el sistema educativo de ese país.

Recuerdo que, en ese entonces, me sorprendió la libertad con la que los estudiantes hacían su pénsum. Lo desarrollaban de acuerdo a sus intereses y vocación cuando cursaban los grados once, doce y trece. Es decir, un neozelandés escoge las seis materias que más le interesan de cuarenta disponibles. Sus opciones pueden ser: arte, fotografía, carpintería, ingeniería, economía, entre otras.

Un panorama muy distinto acaece en Colombia donde tenemos la cultura de querer enseñar todo lo que es considerado como importante. Mi primera crítica, con intención de generar debate, es en lo que respecta a la estructura educativa y curricular durante los grados décimo y undécimo (educación media) en el país.

La Ley 115 de 1994 (Ley general de educación) plantea que la educación media tiene como fin preparar al estudiante para la educación superior y para el trabajo. Además, fija diez áreas como fundamentales y que deben ser cursadas por cada estudiante, es decir, que en décimo y undécimo grado un estudiante colombiano debe, como mínimo, ver diez materias diferentes con una carga horaria determinada por cada institución.

Hoy no es irrisorio plantearse que nuestra cultura pretende formar bachilleres que tengan un conocimiento, si se quiere superficial, de todas las áreas, para luego profundizarlo en la educación superior o en la vida laboral. Si bien es una intención noble, una mirada a otros sistemas educativos, como el neozelandés, nos pueden dar luces de cómo, a pesar de que es importante crear bases en diferentes áreas, esto debería hacerse en la educación secundaria -entre sexto y noveno grado- para permitirle a los jóvenes enfocarse es sus intereses cuando lleguen a los dos últimos años de colegio.

Flexibilizando la rigurosidad de las áreas del conocimiento que se deben cursar, no solo se le permite al estudiante encaminar sus esfuerzos en lo que esperan realizar en el futuro, sino que también nos podría dar luces, como sociedad, para dejar de clasificar en más o menos importantes las diferentes asignaturas. Empezaríamos a ver las matemáticas como una asignatura igual de importante a la música. Con este cambio de chip podríamos entender que no hay profesión u oficio más noble que otro. No es más importante el conocimiento científico que adquiere un universitario al conocimiento práctico que adquiere un tecnólogo. No solo es exitoso el ingeniero o el abogado; también lo es el carpintero, el artista y el obrero. Entender que podemos desarrollarnos y formarnos en lo que nos apasiona, buscando espacios colaborativos, para unir talentos y sacar adelante diversos proyectos permitirá hacer realidad ese país que nos soñamos: un país justo.

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