Analistas

Palanca, lobby y corrupción

¿Alguna vez le han preguntado si tiene una palanca en una entidad oficial para sacar adelante algún trámite ante la burocracia estatal? Lo más probable es que sí, y ello se debe a que los ciudadanos no confiamos en que se pueda realizar gestión alguna ante el estado sin una “ayudita” de un amigo o recomendado.

Esta práctica centenaria ha ido degenerando a medida que la complejidad y el presupuesto del Estado siguen creciendo y las ayuda requieren un mayor esfuerzo y genera un mayor beneficio.  Empezamos con los tramitadores que se encargan de sacar el pase de conducción, tramitar la pensión o “facilitar” alguna vuelta. Podríamos decir que estos personajes son lobistas de pequeña escala ya que no son más que asesores para conseguir un resultado ante las autoridades. Ello implica un costo para el que  se encarga de “la vuelta” y se sabe de antemano que el tramitador le llevará un “regalito” al funcionario que diligentemente acelera el proceso. 

Esos “regalitos” no son más que pequeños sobornos que crean una cultura en los funcionarios, según la cual no necesariamente es su deber atender eficientemente al ciudadano, sino que por el contrario es un favor que ellos, envestidos de ese pequeño poder, le hacen al indefenso ciudadano. Es el primer eslabón en la cultura de la corrupción y tal vez la corrupción a la que se refirió el presidente Turbay cuando pronunció la celebre frase de que había que reducir la corrupción a sus justas proporciones.

Qué pasa cuando  la vuelta es poco más significativa que una licencia de conducción. Digamos una licencia de construcción que puede darle al interesado muchos metros más de construcción que a los que tiene derecho y, por tanto, una utilidad extraordinaria. En esta situaciones los funcionarios tienen la enorme tentación de “ayudarse” como se dice en la jerga  popular. Si le voy a hacer un favor a este constructor, ¿por qué no beneficiarse también? Ya en esta etapa la “palanca” tiene la cara de Bolívar, o de Carlos Lleras que es la nueva cara de los billetes. Para seguir con el lenguaje que se maneja en estos procesos; la palanca es útil, pero una “aceitadita” no estaría por demás.

Pero esta manera de ver la relación entre estado y sociedad se generalizó. Ya no es para una licencia o un permiso ¿Por qué no aplicar el mismo principio a una licitación? Puedo tener una palanca en el IDU o en la agencia de estado nacional encargada de una licitación, pero esta palanca ya no resuelve el tema, sino que facilita el pago. Así como la primera pregunta que formulamos al principio de esta nota era si alguien tenía una palanca, a este nivel la pregunta es, a quién habrá que pagar y cuánto. Del cómo, se encarga el lobista o la palanca.

Ahí es donde aparecen los lobistas tipo Bula que caminan por el filo de la legalidad. El señor Bula argumenta que no es ningún delito asesorar a una empresa para sacar adelante un negocio. Y en cierto sentido tiene razón, pues se trataría de utilizar sus palancas para que una causa, no siempre muy noble, se logre. La pregunta es si este lobista al igual que el tramitador, además de esta horrible práctica, también tiene su “regalito” para el amigo que le ayuda a la gestión. Tal como estamos viendo el regalito hoy ni siquiera se tranza en pesos…ahora se tranza, a ese nivel, en dólares de los Estados Unidos.

No se va a erradicar la corrupción si estas prácticas no se eliminan desde su primer eslabón. El problema de la corrupción no es el tamaño de la mordida, sino un tema de cultura del manejo de lo público y la relación con los privados.