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En una entrevista, el periodista y economista Ricardo Ávila decía muy acertadamente que en Colombia somos mejores para identificar la problemática que para buscar la “solucionática”. Esto viene a la mente en momentos en que los indicadores de confianza y optimismo bajan y en que los colombianos nos encontramos sumidos en una incertidumbre frente a los aumentos de la criminalidad, el auge de la coca, la impunidad, etc. Ni siquiera los anuncios de un crecimiento por encima del 3% logran elevar las expectativas de los compatriotas.

Hay en el ambiente económico de incertidumbre por el manejo fiscal, por los micos del Plan de Desarrollo, por el comportamiento de la economía global y su impacto en los precios de los hidrocarburos, mientras en los políticos la polarización persiste hoy más que nunca y lejos de buscarse punto de conciliación, se radicalizan las posiciones al punto de señalar de pusilánimes a aquellos que no tomen partido en esta contienda .

Una coyuntura como esta es el escenario para “los analistas”. Se trata de unos personajes que pontifican sobre lo divino y lo humano de manera recurrente en radio, televisión y prensa. Son siempre los mismos y en estos días los he estado escuchado con sumo cuidado para ver si veo una luz al final del marasmo. Desafortunadamente, solo he encontrado lugares comunes que se refieren más a la problemática que a la solucionática. Se diagnostican y se sobrediagnostican los problemas con diversos matices. Que el grave problema es la corrupción o la forma en que se aprovecha políticamente la corrupción, que el principal obstáculo para nuestro progreso es la falta de diversificación de nuestra producción, que el futuro está en el campo y debemos cultivar las miles de hectáreas sin cultivar.

Otros diagnostican que la raíz de nuestros males son los palos en la ruedas que un bando le pone al proceso de paz, mientras los otros piensan que por el contrario el cáncer está en un proceso de paz mal diseñado. Todos conocemos los problemas, y nuestra formación y posición ideológica nos llevan a verlos de diversa manera y priorizarlos en distinto orden, pero con ello no logramos más que enredarnos en discusiones bizantinas que más nos valdría discutir sobre el sexo de los ángeles.

De lo que parecemos carecer los colombianos en la presente coyuntura es de imaginación y audacia. Nos hacen falta ideas revolucionarias que nos sacudan y nos pongan a pensar en sentido positivo para la construcción de una sociedad mas justa, mas rica y más culta. Personajes como aquellos que López Pumarejo llamaba las audacias menores de 30 años cuando se refería a Alberto Lleras y otros muchachos de su generación. Nos hemos aferrado tanto a una institucionalidad que hace agua y creemos que atacarla conduce al caos, como si lo que tenemos no es algo muy parecido al caos. Y cuando hablo de ideas revolucionarias y creativas no me refiero al reciclaje de las ideas “revolucionarias” de los sesentas ni la irresponsabilidad del populismo.

Seguramente existirán idea nuevas, formas diferentes de ver el camino que debemos seguir para dar “el gran salto hacia delante” y es probable que estas estén escondidas en los centros de investigación científica y social de las universidades, pero dado el divorcio entre sociedad y política con el mundo académico no logran salir a flote. Busquémoslas!

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