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Analistas 23/03/2022

Aquí me quedo

Carlos Ballesteros García
Gerente de Bike House

Mi hijo de 11 años al ver los resultados de las recientes votaciones, me pregunta: ¿Papá nos tenemos que ir de Colombia?

Antes de contestarle hice esta reflexión: somos un país lleno de personas trabajadoras, que empujamos duro cada día en nuestras labores, sin importar los eventuales contratiempos.

Nuestros abuelos nos enseñaron principios y valores como la perseverancia, la disciplina y, el más importante, la gratitud.

Este es un país de ensueño, maravilloso por el cual debemos luchar para acabar con tanta injusticia social. La solución para afrontar la problemática no la tiene ningún grupo político sino nuestra conciencia individual, para que cada acto que hagamos sea transparente buscando el bien común.

Los problemas que tiene Colombia son el resultado de las malas acciones de muchos ciudadanos y nacen desde raíces muy profundas.

La corrupción, infortunadamente, es una práctica usual en algunos hogares, la que ha estado cobijada bajo el manto de la alcahuetería, incluso apoyada por familiares, porque esta brinda lujos y comodidades. Se repudian los actos y errores del otro sin antes analizar nuestros propios yerros. Todo el mundo pide honestidad, pero cuando el honrado habla, el corrupto se emberraca. Otro caso de injusticia social se presenta con frecuencia en muchas zonas del país, cuando los empleadores no pagan ni el salario mínimo ni las prestaciones sociales y con orgullo dicen que la mano de obra es muy barata, con lo que se aumentan el hambre, la pobreza y la desigualdad.

Un elemento más dentro de esta cadena de males tiene que ver con la destrucción, cada año, de miles de hectáreas de bosque natural por parte de algunos terratenientes o grupos armados, para darle paso a la ganadería extensiva, a los cultivos ilícitos o la minería ilegal.

Uno más de los indicadores asociados a la corrupción tiene que ver con el pago de cuantiosas sumas de cuenta de algunos contratos celebrados entre el sector público y el privado, a manos de empresarios y directivos de nuestra sociedad. Ahí está parte del problema, porque la corrupción se enquista en nuestro medio, posándose como una sombra que muchos aseguran no ver y la disfrutan.

Y para acabar de configurar el panorama, son muchos los que observan la pobreza como si se tratara de un elemento más del paisaje. La mendicidad se mira como si no fuera un problema y el hambre se visualiza como un fenómeno extraño, porque se olvidó la solidaridad. Así, creo yo, con tanta indolencia y egoísmo no se construye país ¿Por qué será que el día de elecciones aparece la “solidaridad” regalando almuerzos a cambio de votos?

La solución a esta sucesión de inconvenientes y muchos más NO está en elegir a un nuevo presidente. Está en recuperar valores como la honestidad y la transparencia por medio de un esquema educativo congruente e incluyente. Está en el hecho de que las personas más pudientes ayuden a mejorar el nivel de vida a los más necesitados y para esto necesitamos abrir generosamente nuestros corazones para que empujemos en dirección hacia la solidaridad y mitiguemos el hambre de muchos hogares en Colombia. NO es una persona la que va a salvar el país, somos todos.

Los políticos, sin excepción alguna, deben estar totalmente al servicio del pueblo, para mejorar el nivel de vida de sus regiones, en lugar de engañar al electorado con promesas imposibles de cumplir, aprovechando el hambre y la ignorancia, para luego embriagarse de poder e incumplir sus compromisos y construir su patrimonio de manera corrupta como pasa en repetidas ocasiones.

Y en este gigantesco árbol de los problemas, encontramos en todo lo alto, una justicia blanda para afrontar delitos como la corrupción, que perdona crímenes de lesa humanidad como masacres, secuestros y ataques a poblaciones dándoles beneficios a los victimarios en lugar de proteger a las víctimas. Es urgente implementar un cambio en el sistema judicial y legislativo para que la justicia opere de manera implacable, sin otorgar gabelas a ningún delincuente y mucho menos para los asesinos y los violentos.

Hoy, infortunadamente, en algunos casos se educa para el irrespeto, porque los que tiran piedras son los “buenos” y los “malos” son los que las reciben. Se promueve el odio y el egoísmo, simplemente por pensar diferente, generando con ello más indolencia. En definitiva se enseña para exigir más derechos que deberes.

No tenemos que cambiar de nación, lo que debemos hacer es cambiar de mentalidad y realizar las cosas justas para que el PAÍS CAMBIE. En mi caso, la respuesta para mi hijo fue: nos quedamos en Colombia, porque amo y valoro este terruño, porque me encanta la amabilidad y tenacidad de nuestra gente, porque me llena de orgullo sentir el himno nacional y poder abrazar nuestra bandera.

Porque adoro sus montañas, valles y paisajes. Porque me encanta recorrer sus ríos y caminos escuchando la variedad de aves que tiene este maravilloso lugar del planeta.

Porque no vamos a dejar tirados tantos años de trabajo, lanzando más personas a la calle generando mayor pobreza. Al contrario, nos quedamos para ponerle más berraquera al trabajo y no salir corriendo como les tocó hacerlo a los hermanos venezolanos, que tuvieron que dejarlo todo y ver a la distancia como su amada nación se ahogaba en un mar de desesperanza. NO vamos a dejar a la deriva nuestro país, porque los buenos somos más!

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