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Analistas 30/08/2026

El precio de mantenernos conectados

Camilo Salah
Consultor en Marketing y Transformación Digital
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El miércoles pasado, en medio de un juicio federal en Oakland, California, Meta acordó pagar hasta US$18.000 millones para resolver acusaciones de múltiples estados en EE.UU. que señalan que sus redes sociales principales fueron diseñadas deliberadamente para fomentar un uso compulsivo entre niños y adolescentes. Una cifra que según Reuters es de una magnitud sin precedentes en la industria tecnológica.

Pero quizás lo más importante del acuerdo no sea el dinero. Es que el cuestionamiento empieza a desplazarse hacia el diseño mismo de las plataformas.

Durante buena parte de las últimas dos décadas, la discusión sobre los riesgos de las redes sociales estuvo concentrada principalmente en el contenido: desinformación, discursos de odio, violencia, privacidad o material ilegal o inapropiado. Ahora el debate empieza a moverse hacia algo mucho más profundo: la manera en que están construidos los productos digitales que utilizamos todos los días.

El scroll infinito, las notificaciones, los sistemas de recomendación, los filtros, los likes y muchas otras funcionalidades fueron desarrollados para hacer las experiencias digitales más atractivas y, por supuesto, aumentar la interacción. El problema aparece cuando esos mismos mecanismos empiezan a asociarse con comportamientos compulsivos.

Por eso las medidas que acompañan el acuerdo resultan incluso más interesantes que la multa. Meta deberá establecer para los menores de 18 años un límite predeterminado de dos horas diarias entre Facebook e Instagram, bloquear el acceso a sus aplicaciones entre la medianoche y las 6:00 a.m. y silenciar las notificaciones durante el horario de colegios. Muchos usuarios tampoco podrán desactivar determinadas protecciones sin autorización de sus padres.

El cambio parece pequeño, pero conceptualmente es enorme. Por muchos años, el objetivo de las plataformas fue eliminar cualquier fricción que pudiera hacer que un usuario dejara de consumir contenido. Ahora, por primera vez, algunas de esas fricciones tendrán que ser introducidas deliberadamente.

La pregunta resulta especialmente relevante para una industria que convirtió el engagement o las interacciones, la retención y el tiempo de permanencia en algunas de sus principales métricas de éxito. Lo que durante años representó únicamente crecimiento ahora también puede convertirse en una fuente de riesgo regulatorio, reputacional y financiero.

Esto no significa que las redes sociales sean inherentemente perjudiciales ni que mantener a los usuarios interesados sea algo negativo. Significa que probablemente estamos entrando en una nueva etapa de madurez de la economía digital donde crecimiento, interacción y rentabilidad tendrán que convivir cada vez más con responsabilidad y diseño consciente.

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