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La semana pasada, un empresario amigo me confesó, entre la indignación y la derrota, que su hijo llegó a casa tras cursar el primer año de economía en una prestigiosa universidad bogotana con una conclusión firme: su padre es un explotador y tiene una “deuda social” que pagar.
No es un caso aislado; es un patrón. Los colombianos se están matriculando en las universidades para que les enseñen a ser pobres. Familias enteras se sacrifican, ahorran durante décadas y se endeudan para que, durante cinco años, sus hijos escuchen que el capitalismo es un pecado, que el empresario es un villano y que el trabajo es una forma moderna de esclavitud. El problema es que, cuando salen al mundo real, votan en consecuencia.
Mientras esto ocurre en nuestras aulas, la realidad afuera es terca. Cada día, más de 100.000 personas salen de la pobreza en el mundo. Todas, sin excepción, viven en países capitalistas. En 1990, 36% de la humanidad vivía en pobreza extrema; hoy es menos de 9%. Esta hazaña no es obra de burócratas planificadores. Es el resultado del mercado libre, la propiedad privada y el empresario que arriesga su capital para crear valor donde no había nada.
Ningún otro sistema ha logrado esto. El socialismo soviético mató de hambre a millones, Cuba es un museo de la miseria y Venezuela destruyó en dos décadas lo que tardó un siglo en construir. Son experimentos terminados con resultados medibles. Sin embargo, en nuestras universidades, estos fracasos no son el eje del debate; son, a menudo, el modelo a seguir.
En lugar de enseñar cómo se crea la riqueza, se dedican a propagar los mitos que la destruyen. Se les dice a los jóvenes que el progreso es el enemigo del medio ambiente, ignorando que solo las sociedades ricas pueden permitirse tecnologías limpias. Se les repite que la desigualdad es el mayor de los males, como si la pobreza de uno fuera causada por el éxito del otro. Se les adoctrina en la falacia de que el capitalismo enriquece al rico haciendo al pobre más pobre, cuando la historia demuestra exactamente lo contrario: es el único sistema que ha convertido lujos de reyes en bienes de consumo masivo para los trabajadores.
Pero el daño más profundo es moral. Un joven que sale de la universidad creyendo que el éxito ajeno es un robo no va a emprender. No va a crear. Se convertirá en un “parásito” del esfuerzo ajeno, exigiendo que el Estado monte las empresas que él desprecia. Apoyará cada reforma tributaria que castigue la productividad y votará por cualquiera que prometa regular, limitar y asfixiar a quienes generan empleo. Y cuando la economía colapse, la facultad le habrá enseñado a culparlo a usted, de nuevo.
La ironía es trágica: usted, empresario, financia con sus impuestos y con las matrículas de sus hijos el sistema que forma a sus propios detractores. Usted está pagando por las cuerdas con las que pretenden colgar la libertad económica del país.
Las ideas tienen consecuencias. Colombia no cambiará de rumbo mientras sus universidades sigan siendo fábricas de resentimiento. La batalla por la prosperidad no se gana solo en el mercado; se gana, o se pierde definitivamente, en el salón de clases. Si no recuperamos la narrativa de la libertad, seguiremos financiando nuestra propia extinción.
En definitiva, la crisis actual revela la dificultad de Colombia para gestionar de manera estable sus relaciones vecinales. Entre ciclos de tensión con Ecuador y crisis más profundas con Venezuela, el reto no es solo resolver la coyuntura, sino construir una estrategia regional
El libro El líder resonante crea más de Daniel Goleman explica cómo la inteligencia emocional del líder influye directamente en el clima y rendimiento de su equipo