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El diccionario de la lengua española de la Real Academia Española define trampa como “contravención disimulada a una ley, convenio o regla, o manera de eludirla, con miras al provecho propio”. Resulta inevitable e ineludible concluir que Petro y su continuador Cepeda han adoptado la trampa como máxima.
Y no lo digo como un tema de etiología ni de ideología para indagar la causa de lo que está pasando ni politizar la solución. La única explicación que encuentro a los apoyos a Petro y su heredero es que hay colombianos del común, que somos la mayoría, que no son conscientes del daño que nos irroga este gobierno.
Sería inacabable entrar a mencionar todos los descalabros, la corrupción y las trampas en que ha incurrido Petro, en su delirio habilidoso y provocado y que claramente pretende perpetuar Cepeda. Por eso me voy a referir solo y someramente a la participación abierta, ilegal, descarada y tramposa en política. No, es que no es un tema menor: hace proselitismo, usa los recursos del Estado para esto, ha estado tratando de permear las instituciones; lo hace con la rama judicial y con el Congreso, consiguiéndolo en buena parte con este último y con los órganos de control. Es desconcertante, por no decir indignante, ver la negligencia, el actuar timorato del procurador.
Pero más grave aún es ver cómo, en su desenfreno, tanto Cepeda como Petro -para no mencionar a la candidata a vicepresidenta, quien brilla por su ineptitud manifiesta para el cargo al que aspira- incitan al odio, al resentimiento, aprovechándose de la necesidad y de la ignorancia de la gente. Qué grave secuela, qué lastre para la sociedad, qué perjuicio tan grande el que nos dejan. Han logrado erosionar la cohesión que como sociedad debemos tener. Las cosas por su nombre: ¿cuál polarización? Lo que han sembrado es odio, resentimiento.
Hay quienes alegan que han mejorado las condiciones de vida para algunos sectores. Qué ceguera y qué falta de entendimiento: lo han hecho a costa del déficit fiscal, de endeudarnos, de crear “espuma” sin sustento real, con recursos públicos que son de todos, desviándolos de su finalidad. Es como aplicarse morfina pensando que, como surte beneficios temporales de aliviar el dolor y dar sensación de mejoría, se está curando el cáncer; una falacia. No solo no ataca las causas, sino que las acelera y agrava.
Leía un texto estos días, de un correo que me llegó de la magnífica Fundación Corazón Verde. Creo que es por donde debemos empezar: “Durante mucho tiempo nos han enseñado que, para que alguien gane, otro tiene que perder; que si uno avanza, otro retrocede; que si uno recibe más, otro recibe menos; que si uno logra algo, alguien quedó por fuera. Y claro, hay momentos en que la vida funciona así. Pero no siempre. También existe otra forma de pensar: una en la que el éxito no nace de quitarle al otro, sino de crear más valor para todos”. Y continúa en otro de sus apartes: “Sí, se puede ganar sin que alguien pierda, pero no ocurre solo. Hay que buscarlo, pensarlo y construirlo. Porque el verdadero éxito no siempre está en quedarse con la mayor parte. A veces está en crear una solución tan buena que todos quieran seguir participando. Y tal vez esa sea una de las formas más inteligentes de ganar: ganar de una manera que no destruye el camino para volver a ganar juntos”. Hoy por hoy el camino es Abelardo De La Espriella.
Hay que retomar al único imperio bueno, el de la ley, que nos permite vivir en un marco de justicia, organizado, equitativo. Como menciona el maestro Mauricio Gaona en su obra La Constitución soy yo: “La ley es razón, sin deseo”. Es que no podemos seguir siendo objetos, sí así, de los desvaríos del actual presidente y su heredero.
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